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      Betina González y su nueva ficción apocalíptica

      Acaba de sacar "América alucinada", una alegoría sobre las ciudades desarrolladas. 

      Betina González y su nueva ficción apocalípticaGonzález ficcionaliza la experiencia de vivir como inmigrante. Foto David Fernandez

       Un pueblo americano, en un paisaje al parecer idílico y rodeado de bosques, es el ámbito de la nueva novela de Betina González. Sin embargo, en América alucinada (Tusquets), un clima ominoso transforma lo bucólico en pesadilla. La naturaleza ha dejado de ser amigable. Los ciervos de los alrededores, que superan en número a los humanos, se han vuelto violentos. Las reacciones de los pobladores también son inusitadas. Una anciana masacra a un cervato intruso y es condenada a limpiar el estiércol en el zoológico. A la vez, en los bosques también habitan los “desadaptados”, que experimentan con plantas alucinógenas y abandonan a sus hijos en lugares públicos, especie de versión degradada de las comunidades hippies de los 60 a las que habían pertenecido muchos de los ancianos que ahora empuñan rifles. En esta novela, una lente deforma y presenta en clave ultraparanoica las noticias que nos llegan del país del Norte. La autora aporta claves sobre su obra en una librería de Recoleta.

      - El corrimiento del realismo, que ya venías haciendo en tu novela anterior, acá tiene un tinte social, con señales de ficción apocalíptica...

      -No había pensado en lo apocalíptico, pero sí, puede verse así. Quise exagerar cosas que había visto en ciudades de Estados Unidos, como Pittsburgh, que fueron muy florecientes y que cayeron en la decadencia, con mansiones bellísimas tapiadas e iglesias en venta; es muy fuerte ver ese contraste entre el desarrollo del capitalismo y, por ejemplo, la cantidad de gente que queda en la calle. La novela empezó como reacción a esa atmósfera.

      -¿En qué medida influyó tu experiencia de haber vivido en EEUU?

      -Tanto en Las Poseídas como en este libro, está la búsqueda por salir del realismo. Tiene que ver con la experiencia de vivir afuera, en otra lengua, que implica otro realismo. Es medio esquizofrénico. Pittsburgh, además, es la ciudad de George Romero, el de las películas de zombies (La noche de los muertos vivientes). Había toda una cultura de aprovechar ese paisaje urbano para lo gótico y lo terrorífico. Pero yo quería dar cuenta de una ciudad que está en medio del capitalismo y totalmente en decadencia. La vuelta de tuerca se me ocurrió cuando encontré una noticia sobre Japón: una mujer que había vivido en el armario de alguien. A partir de esa noticia se armó la trama. Me permitió hablar de temas sociales con un procedimiento que consistió en exagerar esto de la ciudad deprimida, con la vuelta a la naturaleza, la cosa hipster, que ya se globalizó.

      -El tema de los civiles armados, tan impactante de la sociedad estadounidense, aparece como en un cruce porque son los ex hippies los que toman las armas.

      - Busqué exagerar cosas de esa sociedad. Y me parecía poderoso, un grupo que sale a matar. Y más fuerte todavía si son viejos. La inspiración estuvo en una propaganda de un geriátrico en Pittsburgh que llevaba a los viejos a cazar. Son contradicciones que están en la sociedad, ese discurso de que hay que poner a los viejos a hacer algo. Sé útil, ese discurso horroroso de la utilidad hasta el último momento de tu vida. Cuando me decidí a hacer algo totalmente fuera del realismo, y decidí que la ciudad no fuera Pittsburgh, que la isla del Caribe fuera inventada, ahí empezó a funcionar. Quizás no lo pensé como apocalíptico pero algo de eso hay, que al lector le suene un mundo conocido pero enrarecido.

      - ¿Cuáles son tus escritores preferidos? ¿Alguno fuera un modelo para escribir esta novela?

      -La verdad es que la literatura norteamericana es la que siempre más leí, no sé si tengo modelos. Los norteamericanos cuentan historias, Franzen, por ejemplo, siempre hay un nudo en lo narrativo y eso es lo que me interesa. Hay escritores argentinos que también dialogan con lo que estoy haciendo, como Ester Cross o Beatriz Vignoli, crean universos enrarecidos.

      -Al final mencionás documentos que consultaste en la investigación previa de la novela; ¿por qué?

      -Me parecía una forma de reivindicar a quienes han escrito sobre el tema, como Joan Didión, que está presente en muchas de las escenas. Y también es reconocer que la ficción es un gran esfuerzo de invención pero también de investigación. No es común en Latinoamérica poner este tipo de notas, pero sí en el mundo anglosajón. Y mencionar las noticias tiene un riesgo: que otro también la tome. Yo también enseño en la universidad y en mis talleres que mucho del trabajo del escritor es investigación.

      -En general se oculta, por el mito del escritor que todo lo sabe.

      -Odio ese discurso de que no se puede enseñar nada de este oficio. A la vez están los grandes escritores que tienen sus talleres. Me parece hipócrita sostener el discurso del genio y el talento. Uno lee una entrevista de Alice Munro, del mismo Stephen King, y te cuentan todo eso, y es mucho más honesto. No reconocerlo es quitarle a la literatura todo lo que tiene de gran empeño en el lenguaje.


      Sobre la firma

      Alejandra Rodriguez Ballester

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