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      Desubicados en un domingo sin fútbol

      Son desubicados. Lionel Messi y Javier Mascherano en Barcelona; Javier Pastore y Ezequiel Lavezzi en Paris Saint Germain; Ezequiel Garay en Zenit; Eduardo Salvio, Nicolás Gaitán y Lisandro López en Benfica; Walter Samuel y Matías Delgado en Basilea. Excluidos del sistema, como ya lo habían mostrado dos semanas atrás con Carlos Tevez y Roberto Pereyra en Juventus. Irreverentes que salen campeones y obligan a hablar de fútbol a un país que en estos días está empeñado en discutir de todo lo que ocurre alrededor de una cancha, salvo de lo que involucre a la pelota. Messi es el peor de los irresponsables, que para colmo se le ocurre alcanzar su vigésimo tercer título e igualar a Esteban Cambiasso entre los argentinos más ganadores. Y justo lo viene a hacer este fin de semana, el muy irrespetuoso. El colmo de semejante exhibicionismo será en menos de tres semanas, cuando Berlín vea cómo Messi y Tevez se enfrentarán para ver quién es el rey de Europa. ¡Y lo harán con público del Barcelona y de la Juventus en las tribunas! Un despropósito la falta de previsión de la Unión Europea al no medir, con la vara usada aquí por el siempre eficiente Sergio Berni en la Argentina, el riesgo que existirá con las dos hinchadas conviviendo en el mismo estadio. Un mamarracho.

      Pero atentos, que no hay que irse muy lejos de la Argentina para encontrar malos ejemplos y provocaciones. Acá enfrente, a la Mutual Uruguaya de Futbolistas Profesionales se le ocurrió la insólita iniciativa de que en la fecha de este fin de semana los equipos posaran juntos, con los jugadores alternados en la formación, para la foto de rutina. Y lo hicieron justo en la jornada en la que jugaban Nacional y Peñarol. Unión y solidaridad entre los futbolistas... La viveza no está en esa clase de gestos. Ser vivos es otra cosa. Es exigirles a tus compañeros que se vayan de la cancha saludando a la hinchada después de que muchos de ellos agredieran al rival, suspendieran el partido y te excluyeran de la Copa Libertadores. Y si lo hacés siendo una autoridad del gremio, mejor. Otra de bien pillo, de vivo bárbaro, es sacarte una foto en el vestuario haciendo un "dos" con los dedos índice y mayor, y poner "dos veces en seis meses" en el epígrafe de las redes sociales en las que subiste la imagen. Y hacerlo el día después de haberte clasificado porque tu rival fue excluido en los escritorios tras un escándalo del que fuiste víctima. Esa foto de vestuario, subida por Rodrigo Mora, con el epígrafe provocador y sobrador para cargar a Boca por las eliminaciones en la Sudamericana y en la Libertadores, es nafta Premium.

      Algunos dicen que la ironía es el arma de los cínicos y otros la ubican como la forma más alta de sinceridad. También puede ser una descarga. El fútbol argentino acaba de atravesar un tristísimo fin de semana. El único gesto noble fue la ausencia de juego en las canchas para acompañar en el duelo a la familia de Emanuel Ortega, el chico jujeño que murió el jueves después de 11 días de agonía, tras haber chocado su cabeza en el paredón de la cancha de San Martín de Burzaco. El gran problema es qué se hará después para mejorar la infraestructura y que no haya otros Emanuel Ortega en estadios que tienen paredes a menos de dos metros del límite del campo de juego, incluso en clubes de la A. El minuto de silencio que le tributaron los jugadores de Boca y de River a Ortega antes del partido del jueves termina siendo, a la vista de lo ocurrido después, un fenomenal acto de hipocresía. No les importa el rival. La solidaridad no es un abstracto en el fútbol argentino; es una utopía. Se demostró en la Bombonera, con los futbolistas de Boca buscando convencer a los casi enceguecidos de River que siguieran jugando. Y se había visto en la violencia, en perjuicio del equipo de Arruabarrena, de una semana antes sobre el césped del estadio Monumental.

      El fallo de la Conmebol, indulgente con Boca, fue un esperpento, una sinrazón después de que se pusiera en riesgo el físico de los futbolistas de River con el ataque dentro de la manga. Pero en este fútbol enfermo, la diferencia entre Boca y River (se los cita sólo a ellos porque fueron los grandes protagonistas) en términos de violencia es apenas una pista de atletismo en el estadio. Hace poco menos de un año, un hincha le pegó en el hombro a Leandro Grimi con una madera que había arrancado de una platea del Monumental. Si estaba más cerca, era una tragedia.

      Estos son tiempos políticos en Boca, con elecciones a fin de año, y por ello se agitan las sospechas de complots y conjuras atrás de los delincuentes que les arrojaron el gas tumbero a los jugadores de River. Y los fantasmas de asociaciones ilícitas cruzarán de vereda en 2017, cuando haya comicios en River. El concepto de fair play tan promocionado por la FIFA no existe en el fútbol argentino. Ni entre los jugadores, ni entre los dirigentes, ni en el Estado que debe velar por la seguridad, porque hasta los funcionarios se suben a episodios tristísimos, como el del jueves pasado, para sacar rédito. Si el fútbol argentino puede dar cátedra es en ser ventajeros.

      Y ayer aparece este desubicado de Messi para hacer un golazo y salir campeón. Habrase visto...


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