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      El diario de Italia '90: Marco Van Basten, la figurita difícil que nunca apareció en el Mundial

      Llegó a la Copa del Mundo como gran figura, tras ganar y deslumbrar en la Eurocopa del 88 y en el Milan. En el álbum de figuritas era difícil de encontrar. Con Holanda no estuvo a la altura de su jerarquía.

      El diario de Italia '90: Marco Van Basten, la figurita difícil que nunca apareció en el MundialMarco Van Basten, ya como entrenador. Delantero estelar, figurita difícil, fue una de las grandes decepciones de Italia 1990. (AFP)

      En el álbum del Mundial de Italia de 1990​ había una figurita que era muy difícil de conseguir.

      -¿Tenés la de Van Basten? -se preguntaban los coleccionistas y los adolescentes y los niños de la época.

      La respuesta era casi invariable: "No".

      Rodrigo Cánovas, ya con poco más de cuarenta años, autor de más de 400 goles en el Torneo de la UBA con la camiseta de Misura, lo recuerda claramente: "No aparecía nunca por más que compraras mil paquetes de figuritas". 

      En el mismo tiempo en el que Diego Maradona​ resultaba el paradigma del crack al que todos se querían parecer, aunque fuera en el territorio de la imaginación de cualquier picado, Marco Van Basten era el perfecto ejemplo para los que querían jugar de número nueve, de centroatacante.

      El detalle es sintomático: en tiempos en los que la televisión no ofrecía casi nada de fútbol en comparación con estos días, el delantero holandés -emblema de los años 80 y de principios de los 90- conseguía que se le prestara atención en muchos rincones del mundo. La Serie A lograba trascender las fronteras de Italia y aquel Milan del que Van Basten era estrella generaba asombros afines a los del Barcelona o del Liverpool de este tiempo.

      La Eurocopa de 2012 que consagró a España como campeón e impecable retrato del mejor fútbol de ese tiempo, ofreció también -de algún modo- un nuevo homenaje al perfecto centrodelantero. En el debut de Ucrania frente a Suecia, en el estadio Olímpico de Kiev, Andriy Shevchenko -con sus 35 años muy bien disimulados- jugó un partido para todos los aplausos. Corrió como en sus mejores días, ganó por presencia, por velocidad, por astucia. Hizo dos goles de cabeza tras dos vuelos de elasticidad plena y le dio la victoria al seleccionado de su país.

      Shevchenko había llegado al Milan en 1999, tras ser repetida figura del Dinamo Kiev. A su arribo, el inmenso José Altafini -referente del Milan y tercer máximo anotador de la historia del Calcio- le puso un apodo que duró para siempre: "Llega el Van Basten del Este", dijo. Cada vez que lo compararon, el ucraniano respondió: "Demasiado cartel para mí". Lo admiraba. No hubo casualidad en la referencia de un comentarista italiano durante ese encuentro en Kiev: "Volvió Van Basten".

      En otra Eurocopa, justamente, en la de 1988, Van Basten consiguió algo muy difícil: que un gol se hiciera inmortal. El propio Marco -Marcel, su nombre original neerlandés- lo contó varias veces a su modo y manera, con pocas palabras: "Cuando recibí el balón, estaba un poco cansado y pensé: puedo pararlo y tratar de hacer algo entre todos esos defensas o, más fácil, arriesgarme y disparar. Todo fue bien. Es una de esas cosas que a veces, simplemente, ocurren". Y ocurrió.

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      Fue, según cada encuesta posterior a aquel día, el mejor gol de la historia de la Eurocopa. Alguna vez, en tiempos recientes, la UEFA organizó -a través de su sitio oficial- una consulta pública entre los usuarios para determinar cuál había sido el mejor tanto en una final de la máxima competición europea. Aquella volea ganó con un amplio margen: sumó el 69% de las adhesiones. Atrás quedaron el del español Fernando Torres a Alemania, en 2008; el de David Trezeguet para Francia ante Italia en 2000; el mítico penal del checo Antonín Panenka en la serie definitoria contra Alemania, en 1976; y el del alemán Horst Hrubesch frente a Bélgica, en 1980. Aquel gol de Marco es una memoria que late cada vez que se habla de la Eurocopa

      Pero aquella fue apenas la carta de presentación definitiva de Van Basten. Lo que seguiría confirmó que no hubo azar en la volea. Resultó, a pesar de lesiones, uno de los grandes delanteros de todos los tiempos. Ganador en cada rincón donde estuvo. Goleador capaz de muchos récords. Obtuvo tres Balones de Oro (en 1988, 1989 y 1992) y un premio al Jugador del Año de la FIFA (en 1992).

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      Sus primeros goles los gritó cerca de su casa, en la mansedumbre de la ciudad de Utrecht. Su primer gran salto lo dio a los 17 años, cuando se incorporó al Ajax. Debutó en 1982, con un detalle que -a los ojos del tiempo- resulta casi mágico: ingresó en reemplazo del inmenso Johan Cruyff. Ya en 1986, Van Basten no era uno más en Europa: entonces, hizo más goles que cualquier otro (37 en 26 encuentros). En un partido ante el Sparta de Rotterdam llegó a marcar seis tantos. Tras obtener con su club tres Ligas y tres Copas de Holanda, conoció la consagración continental, al ganar la Recopa de 1987. En la final frente al Lokomotiv Leipzig, de la entonces Alemania Oriental, Marco convirtió el único tanto. Era la próxima joya para las grandes Ligas.

      Silvio Berlusconi, presidente del Milan, estaba encantado con ese delantero flaco y alto que sumaba cuatro temporadas como máximo anotador de la Liga de Holanda, la Eredivisie. Puso dos millones y medio de dólares y se lo compró al Ajax. Retrato del fútbol de hace poco más de dos décadas: con lo que ahora se paga por un defensor suplente antes se podía comprar al mejor de los delanteros.

      Así Van Basten comenzó a ser parte del Milan de Arrigo Sacchi, ese que le devolvió al equipo rossonero la gloria en colores. Fiesta en el Meazza. Ganó títulos a cada paso, con un fútbol que merecía todos los aplausos en cualquier domingo de Serie A o en cualquier miércoles de Copa de Campeones, la actual Champions. Vestido de rojo y negro ganó once títulos, entre ellos tres Scudettos, dos Copas de Campeones y dos Intercontinentales.

      Era un futbolista también con mucha personalidad fuera del campo de juego, un rasgo que mostró años más tarde cuando se convirtió en un rígido entrenador. La siguiente anécdota la contó alguna vez el periodista Santiago Segurola: "La obsesión de Sacchi le ocupaba todos los minutos del día. Un día se acercó a Van Basten mientras el jugador almorzaba. Quería precisar un detalle del juego, un problema menor que a Sacchi le parecía inaplazable. Van Basten no aguantó más. Se giró y miró a Sacchi. 'Mientras como, no', contestó".

      Pero el crack, la figurita difícil, tuvo un estigma en su recorrido. Aquel Mundial de Italia, en 1990, lo mostró en una versión ajena a su dimensión. Con un equipo estelar que incluía -entre otros- a Ruud Gullit y a Ronald Koeman, el representante de los Países Bajos se fue de la Copa del Mundo -la única que jugó- sin ganar un partido.

      Empató los tres partidos de la fase de grupos: 1-1 con con Egipto, 0-0 con Inglaterra y 1-1 con Irlanda. Pasó como "mejor tercero", por la ventana. Pronto, en los octavos de final, en el Meazza de tantas magias para Marco, el equipo de la camiseta naranja perdió 2-1 con Alemania, en un partido que también quedó en la memoria de todos, y se quedó afuera.

      Marco, el crack del área, también. Se retiró demasiado rápido, con 29 años y una lesión crónica en un tobillo, Vacío de goles. Y de fútbol. Como en aquel Mundial, en el que fue la figurita difícil que jamás apareció.


      Sobre la firma

      Waldemar Iglesias
      Waldemar Iglesias

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