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      Dólares perdidos, en el extraño vuelo de las importaciones

      Las compras al exterior van de récord en récord, aunque la economía ya no acompañe. Hay mucho más que insumos energéticos en las cuentas y la clave está en aprovechar la enorme brecha del dólar oficial con los paralelos.

      Dólares perdidos, en el extraño vuelo de las importacionesCristina Kirchner habla de los amparos que consguieron los importadores durante la gestión de Alberto Fernández, pero en realidad son menos de 3% del total. Foto Reuters

      Está visto: ni en medio del temblor que sacude al país y a su propio gobierno, Cristina Kirchner deja de apuntarle a su gran obsesión de este tiempo, esto es, a la Justicia. Y así en el mismo acto busque gambetear las culpas que inevitablemente la alcanzan, queda claro que la magnitud de la crisis tampoco ha cambiado su sistema de prioridades: ella, siempre primero.

      Dijo estos días, valiéndose de un dato periodístico: “Alquiler de cautelares? O sea que las empresas que logran una orden judicial para llevarse dólares oficiales del BCRA, además las alquilan? Esa sí que no la tenía. Con este funcionamiento judicial y empresario, Argentina se vuelve casi una misión imposible”.

      Embalada por el filón multipropósito que había encontrado, siguió con otras cifras: “Entre enero de 2021 y marzo de 2022, salieron del país 1.847 millones de dólares en importaciones autorizadas por jueces y fiscales. Con amparos”.

      Valen un par de precisiones, a cuento de la andanada cristinista y puestas por orden de aparición.

      Esa sentencia según la cual la Argentina luce semejante a una misión imposible suena a gastada por el uso y, en más de un sentido, remite a situaciones que la han tenido y la tienen en el papel de protagonista central, aunque no lo reconozca ni valga la pena pedirle que lo reconozca. Incluidas, obviamente, las que le tocan por el desbarranque de estos últimos años.

      La segunda precisión pone en contexto y le baja el precio a los US$ 1.847 millones en importaciones que jueces y fiscales autorizaron con amparos, de enero 2021 a marzo 2022. Durante ese período, las importaciones totalizaron US$ 81.152 millones, lo cual significa que el monto agitado por la vicepresidenta apenas representa un 2,3% de las transacciones.

      El operativo había arrancado a mediados de junio cuando, en una jugada a varias puntas, habló de un “festival de importaciones” y lo asoció a maniobras de evasión impositiva y fuga de divisas y al eslógan de los funcionarios que no funcionan. Agregada una nada inocente referencia al uso de la lapicera, remachó en los hechos que su estrategia es despegarse de lo que haga Alberto Fernández.

      Datos del último informe del INDEC sobre comercio exterior del INDEC cuentan, mejor que las palabras de la vicepresidente, lo que ocurre con las importaciones y prueban que aún si fuese correcto, el planteo acerca de las cautelares resulta tardío. Dicen más, a propósito de la gestión económica oficial y de cuánto le cuestan al Estado ciertas internas de palacio.

      Para empezar, las compras al exterior anotaron US$ 8.547 millones en junio, un nuevo récord mensual que supera en 44,6% al registro de junio de 2021.

      En el primer semestre de 2022 tenemos, así, importaciones por US$ 41.284 millones que representan un aumento del 44,4% contra el mismo período del año pasado y, de nuevo, son una marca histórica.

      Notable y a la vez sospechoso, semejantes aumentos sin precedentes debieran corresponderse con una actividad económica que vuele en lugar de otra que, más bien, ha comenzado a arrastrarse.

      Una ecuación clásica entre los especialistas dice que por cada punto porcentual que el PBI crece las importaciones suben tres, por los agujeros en las cadenas de producción locales que se tapan con lo que viene de afuera. Traducido, el 44% largo que crecen las importaciones respecto de 2021 equivaldría a un incremento del 14% en el Producto Bruto.

      Los últimos datos oficiales cuentan en cambio que el EMAE, un indicador de la actividad económica que anticipa el PBI, acumula 6% entre enero y mayo: en principio, sube menos de la mitad de lo que cuadraría con la fórmula de los especialistas. Más aún: mayo arroja un muy magro 0,3% contra abril, y los doce meses de diciembre 2021 vs. diciembre 2022 proyectan alrededor del 2%.

      No hay manera de explicar, digamos “por derecha”, los saltos que pegan las importaciones. Se entiende: unas explicaciones que no remitan a maniobras y a bicicletas que evidentemente corren más rápido que las trabas que impone el Banco Central o que les pasan por arriba o que son hijas, al fin, de la discrecionalidad de quienes deciden qué puede entrar y qué no.

      Es cierto que los números están potenciados por la factura energética, pero eso tampoco aclara el problema.

      Sin computar las importaciones de gas y combustibles en ambos lados, el aumento del 44% de enero-junio 2022 contra enero-junio 2021 bajaría al 32%. De seguido, la relación con el PBI debiera dar un crecimiento económico próximo al 11%, o sea, casi 5 puntos por arriba del que marca el EMAE.

      El caso es que, entre otras cosas, las estadísticas del primer semestre revelan aumentos del 38% en las compras de máquinas y aparatos eléctricos y del 46% en químicos que, puestas en dólares, suman US$ 10.800 millones o US$ 2.000 millones más que las importaciones energéticas.

      Incluso justificados, el par de ejemplos contrasta de todos modos con las escaseces que pueblan las cadenas de producción, que paralizan pymes y fuerzan suspensiones y despidos.

      Tiene sentido volver sobre los números de las importaciones energéticas, así sea solo para preguntarse dónde está el impacto de las mejoras sectoriales que, en un evidente autoelogio, pregona el secretario de Energía, Darío Martínez.

      Las planillas del INDEC revelan que del incremento total, un 84,5% provino del llamado efecto precios, o sea, del impacto que la invasión rusa a Ucrania provocó en el mercado internacional. A las cantidades les correspondió, en el combo completo, un por cierto considerable 57%. La trepada total cantó 189%.

      Otros números, también oficiales, dicen que en los últimos doce meses la producción de gasoil subió 6,4% contra una demanda que creció el doble largo: un 15,7%. Luego, seguimos en la categoría de país dependiente del gas y los combustible que vienen de afuera y muy lejos de emparejar las cuentas.

      Por donde se mire tenemos, entonces, dólares que se escapan como si en vez de una interminable batería de trabas y controles hubiese un colador destartalado. O que así como entran al BCRA se escapan por alguna tangente. Notoria e incontrolable presión sobre la caja de la entidad.

      Pocas cosas explican el fenómeno mejor que la brecha cambiaria, un premio fenomenal para quienes logren hacerse de dólares del Central al tipo de cambio de 129 pesos y transarlos directa o indirectamente a 322 o a 342, según se elija el contado con liquidación que usan las empresas o el más popular blue. La ganancia del pase va del 148 al 163%.

      Impresiona que el kirchnerismo haya quedado metido en semejante brete pese a la lluvia de divisas que lo bendijo desde que volvió al poder: nada menos que US$ 30.000 millones, si la medida pasa por el superávit que el balance comercial acumula hasta junio pasado.

      Impresiona más todavía la magnitud que arrojan las exportaciones de oleaginosas y cereales que se liquidaron en el mismo período. Gracias a la versión 2022 de la súper soja, esa cuenta marca US$ 72.200 millones obviamente incluidos en el superávit comercial.

      Pregunta de manual: ¿cuánto de esa montaña de divisas quedó finalmente en la caja del Banco Central? La respuesta está en las reservas netas, una aproximación a los dólares disponibles, y en cálculos privados dice entre US$ 1.200 Y US$ 2.600 millones. Si se prefiere: menos de la tercera parte de las importaciones de junio.


      Sobre la firma

      Alcadio Oña
      Alcadio Oña

      aoña@clarin.com

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