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25.11.2011 | Vacaciones

Delicias de la clase turista

Walter Duer
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Viajar es uno de los mayores placeres de la vida. Tal vez por eso es que existen los aviones: para balancear tanta felicidad con unos cuantos disgustos.

La clase turista fue diseñada, sin lugar a dudas, por alguna persona que odia la raza humana. Los que viajan en primera no van a comprender nada de lo que se diga aquí, dado que su micromundo sigue siendo feliz aún arriba del avión y, para no alterarles ese estado, las azafatas tapan lo que sucede en la parte trasera de la aeronave con una certera cortina, que, quien ose descorrerla, quedará a la altura del que rompe los detectores de humo en el baño o del que lleva una bomba en el bolso de mano.

Lo primero que se siente al llegar al asiento es la falta de espacio, potenciada porque uno, como una suerte de tortura programada, ya pasó por Business y vio los sillones confortables, las copas de champagne, los diarios del día y hasta las azafatas más lindas. La misión, una vez que se identifica el 32G y se echa a la señora mayor desorientada que se sentó allí por error (cada vuelo sale con tantas señoras mayores desorientadas que se sentarán por error en el asiento de uno como asientos disponibles haya), es acomodarse. La pobre estructura corporal propia debe convivir con el codo de la vecina de al lado y las rodillas del pasajero de atrás. Por supuesto, a la persona más gorda del avión le tocará el asiento que está justo al lado nuestro, mientras que la más alta estará justo detrás. Si por alguna razón, además, sufrimos de alguna dolencia que nos requiere visitas asiduas al baño, seguro que nos tocará el asiento del medio de la fila de cinco.

En algún momento y en ese contexto habrá que comer, siguiendo este proceso: se desmonta la tablita que está adelante del asiento, se ubica la bandeja que provee la aerolínea (que ocupa toda la tablita) que, como está llena de cosas, obliga a un reordenamiento rápido, en el que se amontonan todas las porquerías que no se van a introducir en el aparato digestivo, como el pegajosos aderezo de limón para la ensalada o esos postres atestados de una crema dudosa, a un costado, para liberar algunos miserables centímetros que nos permitan tener un ángulo como para poder mover un cuchillo o un tenedor.

Luego hay que lidiar con el envoltorio metálico del plato caliente. Al ser metálico, toma una temperatura más que interesante y, como no se provee ningún adminículo para desmontarlo, la única forma de acceder a su contenido es quemándose los dedos hasta las lágrimas. Si se mira hacia los costados, se verá que el método más utilizado es el de dar pequeños tirones al envoltorio y retirar la mano pegando un sonoro aullido.

Las azafatas dan exactamente quince segundos para terminar la comida, por lo que se recomienda tragar sólo aquello que tenga forma conocida. Como los paquetes de sal, azúcar y pimienta tienen la misma forma y la identificación no es visible, lo más probable es que el pollo sepa muy dulce y el café, muy picante.

El baño es otro punto magnífico de diseño dentro del avión. En muchos modelos, la canilla sólo da agua si se mantiene apretado un botón. Por esto, la única forma de lavarse las manos es de a una (la otra tiene que estar ocupada, sí o sí, en el botón). Antes de ir al baño, que estará indefectiblemente ocupado y con cola afuera para acceder, hay que chequear que el carrito de las comidas no esté por pasar en ese momento, dado que tiene el ancho del pasillo y, si nos sorprende, no sólo nos quedaremos sin comer (ninguna aeromoza de clase turista osaría dejar una bandeja en un asiento que se ve vacío), sino que, además, deberemos esperar cuarenta minutos al lado del sanitario a que la azafata termine su recorrido.

El sistema de entretenimiento a bordo tiene, hoy por hoy, dos vertientes muy marcadas: los aviones del año del ñaupa siguen con algunas pocas pantallas distribuidas entre los asientos, mientras que los más modernos tienen una pantalla en cada cabezal, con un control remoto al lado del asiento que permite navegar entre opciones de películas, series y esos programas canadienses con bloopers intragables. Aquí, entonces, sus opciones son también dos. En el primero de los casos, su ubicación será el punto más lejano a la pantalla más próxima. En el segundo, notará que la única pantalla que no funciona de todo el avión es la suya.

Por último, ante un problema (se le cae la copa del vino encima de la ropa cuando faltan trece horas de vuelo, necesita un vaso de agua para tomar esa pastilla que le impide tener un infarto cuando se llega a la velocidad crucero, acaba de descubrir que su vecino de asiento lleva explosivos plásticos pegados alrededor de todo su cuerpo) no dude en presionar el botón que tiene el dibujito de una azafata. Hará un ruidito (“ding”) y se encenderá una lucecita justo encima de su cabeza. Muchas personas creen que eso es para llamar, precisamente, a la azafata. No se equivoque: la aeromoza nunca llegará. El botón es sólo para calmar sus ansias y que usted sienta que no importa qué le haya ocurrido, habrá alguien en camino para asistirlo. Por supuesto que ese alguien será el pariente que lo reciba en el aeropuerto de destino.

Tengo un amigo que, no obstante todo lo anterior, sostiene que hay una ventaja de viajar en turista respecto de hacerlo en Business o en primera: que como los asientos están más atrás, si el avión cae de trompa al piso, el tiempo de sobrevida de los que compraron los pasajes baratos será mayor.


Por Walter Duer, autor del blog El viajar es un placer


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