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24.02.2012 | Las aventuras de Caty Kharma

Cadena de cine

Una cita semanal con el personaje creado por Patricia Suárez para Clarín Mujer. Para identificarse, sonreír y reflexionar.

Patricia Suárez / Clarín MUJER
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Agobiada por el calor, Caty Kharma llevó a su hermanito Quiqui (Alexander Quinallata Khar­­ma) a ver una película. Hacía años que Caty no iba a ver una película infantil y todo lo más o menos fantasioso la aburría. De hecho, tuvo que haber sido el único occidental que se quedó dormida cuando pasaron “La Guerra de las galaxias” recontramasterizada. Quiqui se inclinaba por “Habemus Papam” o la última de George Clooney. Caty le explicó que esas no eran películas para niños, y Quiqui le contó que un año atrás habían intentado poner un cine arte en Ascochinga, pero la AFIP lo impidió porque él era menor de edad, la madre de Quiqui era indocumentada y el padre no podía ni asomar la nariz por el fisco hasta la hora de su muerte y amén. Quiqui quería abrir el cine arte con un ciclo de Bergman. La película que Caty eligió fue Los Muppets. A Quiqui el asunto de Los Muppets lo dejaba completamente frío. Caty protestó: la película anterior en la que los Muppets llegan a Nueva York, había sido una de las preferidas de su niñez. Y el Show de los Muppets era lo más, con la Rana René y su eterna enamorada la chanchita Piggy… Quiqui lo miró: a él nada de lo zoomorfo lo emocionaba. ¿Cómo un adulto podía encontrarle la gracia a un muñeco de paño, tan parecido al sapo Pepe, con un banjo que nunca tocaba y una cerda que le iba atrás reclamándole cosas imposibles? Caty sintió que se deprimía; si su hermano era un genio, ella era una deficiente mental. “A mí me gustan los Muppets”, susurró con timidez. En suma, fueron a ver la película más porque Quiqui tuvo compasión de ella, que porque Caty sacara a su hermanito a distraerse. Para colmo de males, en esta versión, la rana René se llamaba Kermit y el Oso Figueredo, Fozzy. ¿Qué nombres eran esos? Ella recordaba su felicidad al ver, años atrás, a René posando en calzoncillos para Calvin Klein. No había héroe masculino más héroe que René. Y ahora era Kermit. Caía de maduro que la infancia de Caty había sido una suma de confusiones: no sólo los Muppets se llamaban distinto, sino que su padre reaparecía de la nada con un hermano genio, su hermana triunfaba en los carnavales de Gualeguaychú, su madre estaba comprometida con su primer exmarido y ella, Caty Kharma, que alguna vez deseó llegar a Broadway haciéndole el vestuario a Glenn Close, por ejemplo, últimamente se conformaba con trabajar en una casa de cotillón adonde cosía de vez en vez un disfraz de hada, de diablito o de Drácula. Esta no era la vida que ella había soñado. “Dos gaseosas light”, pidió Quiqui antes de entrar al cine, “y un balde de palomitas de maíz dulces”. Decía “palomitas”, ella solía llamarla pororó o pochoclo.
No obstante, en el final René-Kermit acepta casarse con Miss Piggy y entonces Caty lloró como si fuera ella misma la que debía desposarse. Quiqui le pasó pañuelos de papel para que enjugara sus lágrimas. “Vos no sos feliz”, sentenció. “Vos tenés que venir a Ascochinga y seguro vas a encontrar al amor de tu vida. Si es que creés en esa falacia de que hay un amor, una sola persona en todo el universo que te completa, y no que vos ya estás completa antes de elegir a una persona. El amor es compartir, no completarse”. “Quifffqui”, lloró Caty, “¿essffas cosas te las enfffeñó tu mamá?” Quiqui la contempló misericordioso: “No”, respondió con la voz profunda de Robert Powell en “Jesús de Nazaret”, “la vida”. “¿Quéff? ¿Vofff creéff en la reencarnafión?”. Ahora iba a resultar que Quiqui era un tarado o un psicótico y le venía con que había sido Tuntakamón o Cristóbal Colón. “No, Catalina Mabel”, contestó Quiqui, “soy sólo un niño de nueve años. Pero los niños también se enamoran”. “Ah, sí”, suspiró Caty recordando viejos episodios de Jacinta Pichimahuida. “Y si no fuera porque nos preexiste el tabú del incesto, podría decirte que estoy completamente enamorado de vos. Pero no te lo diré y seguiré enamorado de Liv Ullman, que está de verdad encantadora en “El huevo de la Serpiente”. Caty resopló: la familia es una de las desdichas que no se elige.

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