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03.02.2012 | Relaciones

Jóvenes que no quieren crecer

Los llaman “adultecentes”. Tienen su trabajo y su pareja, pero prefieren seguir viviendo con sus padres.

Elena Peralta / Clarín Mujer
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Los especialistas lo llaman miedo al nido vacío por el rechazo de dejar el hogar en el que crecieron y otros el síndrome Peter Pan por el esfuerzo que ponen en no dejar nunca la adolescencia. El resultado es casi siempre el mismo: jóvenes de entre 25 y 35 años que trabajan, estudian e incluso pueden tener una relación estable, pero no pasan más de un fin de semana o 15 días de vacaciones fuera de la casa paterna. Cuando vuelven, encuentran la ropa planchada y la comida preparada. A algunos hasta los despierta mamá para ir a trabajar, igual que cuando iban al colegio.

“Son adultecentes: adultos que ya pasaron los 28, pero actúan y se visten como si tuvieran 14. Miran dibujos animados y pasan horas jugando a la play. En muchos casos sus padres los pueden alojar cómodamente y, mientras tanto, ellos desarrollan una carrera profesional exitosa”, asegura Mónica Cruppi, especialista en adolescencia y familia de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA).

Diego (26) es asistente junior en el área de marketing de una multinacional. Gana bien para un chico de su edad. Tiene un auto y un cuarto cómodo en la casa de papá, en Barracas. “Tengo todo lo que necesito, plasma, laptop. Me voy de vacaciones con los pibes y estoy a 15 minutos del laburo”. También tiene su Wendy. Se llama Paula, estudia nutrición, y vive a pocas cuadras… En la casa de su mamá.

¿Cuál es la razón para cortarse las alas? Para Omar López Mato, autor del libro Viviendo en el País de Nunca Jamás, muchos jóvenes de hoy viven en una especie de bulimia social sin objetivos ni vocaciones claras: “deambulan por las universidades, institutos y centros de estudio probando carreras y oficios como quien se prueba un traje”, asegura. Y, a diferencia de lo que sucedía con sus padres, viven en un mundo donde el esfuerzo no garantiza el futuro. “Ninguna de las antiguas certezas alumbran sus caminos –dice López Mato-. Si no hay modelos, ¿hacia dónde ir?”

Hay un componente económico importante. “Si tuviera que pagar un alquiler, no llegaría a fin de mes. A veces me hincha vivir con mis viejos, pero ellos me ayudan con la facultad”, aclara Jessica (25), empleada y estudiante de Biología. La sociedad de consumo también contribuye. Los adultescentes constituyen un público formidable: consumen ropa, cosméticos y entretenimientos que les aseguren la supervivencia de su estilo teen.

“No se conforman con actuar como chicos, también tienen que parecerlo. Las mediciones de audiencia en Estados Unidos muestran que el mayor público del Cartoon Network está en la franja de entre 18 y 39 años. Ellos son, además, el público cautivo de las consolas de videojuegos”, agrega Cruppi.

Hay chicos y chicas Peter Pan, pero la casuística indica mayor presencia masculina en el país de Nunca Jamás. Resaltan más porque hacen justamente lo opuesto a lo que se espera de ellos. Se comprometen con su trabajo o la facultad pero no asumen la responsabilidad de ser la cabeza de una familia.

Juan tiene 29. De su grupo de amigos de la infancia sólo uno se fue del hogar familiar. Todos trabajan y distan mucho de la imagen de un nene mimado que llama a su mamá cada vez que tiene que tomar una decisión. Salen, van a bailar. No le piden dinero a sus padres, pero tampoco pagan un alquiler. “Estoy cómodo -asegura Juan-. Vivir con mis viejos me permite una independencia que no tendría si viviera con mi novia”.

El esquema de Peter rompe con un patrón de generaciones: entrar al mundo del trabajo, independizarse y tener hijos. Todo a una edad razonable. “Se supone que los padres saben cuándo soltarle la mano a los hijos para que tomen sus propios caminos. Cuando eso no pasa, hay una red de conflictos por debajo”, reflexiona el psicoanalista Enrique Novelli, miembro de la Asociación Psicoanalítica Internacional.

Según Novelli, por más cómodos que parezcan, los Peter Pan se sienten molestos con sus padres pero no pueden dejarlos. En algunos casos la situación se vuelve tensa. Hay peleas por dinero, el orden de la casa o simplemente por roces en la convivencia. En otros reina la indiferencia: “padres e hijos conviven, pero en horarios diferentes. Los padres tienen a mano a sus hijos para recriminarles cada tanto y sin demasiada convicción su vida sin sentido. Así, los padres creen cumplir sus tareas y acallan su conciencia”, advierte López Mato.

Pero, la mayoría de las veces, mamá los sigue tratando como cuando iban a la primaria. “Siguen teniendo a quién cuidar. Esa responsabilidad ayuda a esconder sus miedos y dilata el momento de estar a solas con su pareja”, asegura Cruppi.

¿Qué hacer?

“Marcar los límites y plantear responsabilidades en la vida cotidiana ayuda a la convivencia”, asegura la psicoanalista Adriana Guraieb. Para Novelli, la clave es hablar. “No basta con una charla, se necesita un diálogo sostenido en el que padres e hijos señalen qué les preocupa y qué les da miedo de esa dependencia familiar”.

El refrán dice que no hay mal que dure cien años. Ni hijo que viva siempre con mamá. “Un día Manuel me dijo: ‘Má, me hacés el bolso’. Yo le pregunté si se iba con los amigos y me dijo: ‘No. Me voy a vivir con una chica”, cuenta Amanda. Ese día, claro, lo dejó ir (por suerte, porque hoy es padre de dos niños preciosos). Pero no pudo con su genio y le planchó toda la ropa antes de meterla en la valija. Igual que cuando se iba de campamento con el colegio.


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