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      El mundo oculto de “los fúnebres” en Argentina: confesiones de un hombre que maneja uno por hobby

      • Clarín habló con un miembro del primer y único club de coches fúnebres de Argentina.
      • ¿De dónde viene su pasión por estos autos?

      El mundo oculto de "los fúnebres" en Argentina: confesiones de un hombre que maneja uno por hobbyFranco Cipolla (izquierdA), miembros del "Hearse Club Argentina". Foto: Franco Cipolla

      ¿Por qué tenés un coche fúnebre, Franco?

      -Quería uno, no me preguntes por qué. Era un pendiente. Responderte sería como tener una sesión con el psicoterapeuta.

      ¿Qué pensás de la muerte, Franco?

      -Evidentemente la muerte es cosa seria, pero es un camino inexorable (más allá de todas las preguntas que tenemos sobre ella).

      Franco Cipolla guarda su “fúnebre”, un Dodge Coronado 1969, en un garaje de Martín Coronado, localidad bonaerense que -como suelen decir quienes viven en ella- es vecina de Caseros, Villa Bosch y Ciudad Jardín.

      Está ahí, brilloso y sórdido, en medio de los Gol y las Ecosport, con la trompa sobresaliente. A través de sus ventanas se vislumbra el cajón que descansa (vacío) en su interior; ataúd que primero fue de niño y después, de adulto. Sobre la guantera hay un libro satanista. Pegada en una esquina del parabrisas, una calcomanía del “Hearse Club Argentina”. Ahí, en esas tres palabras, está la clave para descubrir a Franco.

      En la parte delantera del Dodge de Cipolla, un Chuky y un libro tenebroso. Foto: Franco CipollaEn la parte delantera del Dodge de Cipolla, un Chuky y un libro tenebroso. Foto: Franco Cipolla

      El encuentro con este coleccionista de autos de 41 años surgió a partir de esa calcomanía. ¿Hearse Club Argentina? Si uno rápidamente googlea ese nombre encontrará en Instagram una cuenta gestionada por un grupo de hombres poseedores de viejos coches fúnebres (conocidos coloquial y simplemente como “los fúnebres”, término comparable con los apócopes “bici” o “moto”).

      Indagando un poco más se llega a la conclusión de que Franco no es un adorador del Diablo, como sí lo son los personajes de The Hearse, la película de 1980 de George Bowers que lo llevó a tener uno.

      Ahí, en el upside down porteño, existe un mundo de caravanas fúnebres, de muchachos fanáticos del punk rock cuyo hobby es pilotear su nave mortuoria, de tétricos coleccionistas de símbolos de la muerte, de la celebración Halloween reemplazando en importancia a la de Navidad, de compañerismo y de amistad.

      Franco Cipolla se unió al grupo en la pandemia. Foto: Franco CipollaFranco Cipolla se unió al grupo en la pandemia. Foto: Franco Cipolla

      Las caravanas no las puede ver cualquiera. Son como el famoso Körkarlen, esa carroza fantasma que inventó Selma Lagerlöf y llevó al cine Victor Sjöström en 1921. Deambulan fantasmagóricamente por las noches causando asombro y miedo por igual.

      Quienes tienen el infortunio de cruzarse con los fúnebres recurren a todo tipo de tácticas para ahuyentar su supuesta mala energía: insultan, cierran los ojos, se persignan, los hombres se tocan el testículo izquierdo.

      ¿La gente se sorprende al ver tu fúnebre en la calle?

      -Hay mucha gente que te dice: ‘¿Cómo vas a tener ese auto? Esos autos están cargados, tienen energía’. Te digo la verdad… El auto no tiene nada. Lo compré en Rosario y, así como lo compré, salí a la autopista.

      Los "fúnebres" argentinos, una pasión similar a la de los motoqueros. Foto: Franco CipollaLos "fúnebres" argentinos, una pasión similar a la de los motoqueros. Foto: Franco Cipolla

      No todo el mundo está capacitado para racionalizar la respuesta de Franco. Su fúnebre, uno de los más perfectos del club debido a su pasión y dedicación por el conservadurismo, ha sido víctima de actos vandálicos producto del contexto.

      Una vez, por ejemplo, unos hinchas de Boca le tiraron un huevazo cuando -por trabajo- el coche formaba parte de una fiesta riverplatense por el 9 de diciembre, fecha en la que los hinchas millonarios celebran la obtención de la Copa Libertadores 2018 y, en consecuencia, la “muerte” de su rival.

      Porque el fúnebre de Cipolla no es solo un hobby, también es dinero. Plata que va y plata que viene.

      El fúnebre de Cipolla, con luces rojas y cajón. Foto: Franco CipollaEl fúnebre de Cipolla, con luces rojas y cajón. Foto: Franco Cipolla

      ¿Cuesta mantener un fúnebre?

      -No… Cuesta nafta, el seguro… Son autos que se usan poco, no son coches que van al taller. Muchos son recreativos.

      ¿Cuáles son los objetivos del “Hearse Club”?

      -Están las salidas más formales, como una caravana o una cosa que se publicita, que de pronto vienen chicos que no son de participar. Después están las salidas de “¿Y este finde qué hacemos?”, y terminamos yendo a un bar con los autos. Nos han contratado para producciones de Netflix, publicidad, cortometrajes. Estamos abiertos a cualquier cosa. Un casamiento, una despedida de soltero… le damos para adelante.

      El "Hearse Club Argentina" es el primer y único club de coches fúnebres del país. Foto: Franco CipollaEl "Hearse Club Argentina" es el primer y único club de coches fúnebres del país. Foto: Franco Cipolla

      A Franco, ninguna funeraria le ofreció poner el Dodge a “laburar”. Tampoco condujo un fúnebre cargado, literalmente, de peso muerto.

      Muchos, contrariamente a los prejuiciosos o supersticiosos, quedan absortos ante su mera presencia. El fúnebre de Franco, realista de proa a popa, luce prácticamente igual al original. Su brillo, su color y su cadencia al andar oxigenan la vista.

      La gente suele confundirlo con los coches fúnebres de verdad. Los autos tristes. Franco, de tomarse una licencia creativa, no hace más que ponerle o sacarle un muñeco de Chucky en el asiento del copiloto o prender unas luces rojas en el baúl.

      El fúnebre de Cipolla cuando está vacío. Foto: Franco CipollaEl fúnebre de Cipolla cuando está vacío. Foto: Franco Cipolla

      Hay otros coches, mucho más tuneados “a lo Halloween”, que están derruidos y dan miedo no por ser fúnebres, sino porque tienen vidrios polarizados o pueden desarmarse en plena marcha. Como “la chatarra rodante” en la que Fitzgerald y Zelda recorrieron la costa de los Estados Unidos, hay varios que no están exentos de que algún día se les salga un pedazo en medio de una caravana.

      Todos conviven. Cualquier fúnebre hecho con materiales de los años ochenta está apto para entrar al club. Porque el Hearse Club Argentina no es un club cualquiera: es el primer y único club fúnebre de la historia de la Argentina.

      Sus miembros, fieles representantes de los encuentros fraternales, apuestan a las reuniones físicas desde que se liberaron las restricciones por la pandemia. El club se formó en el encierro de manera virtual. Franco llegó a él a través de su página de Facebook. “Ni bien compré el auto subí una foto al grupo diciendo que el auto era mío y ahí empecé a ir a las juntadas con los chicos”.

      En los últimos días, Franco le cambió el ataúd a su auto. Foto: Franco CipollaEn los últimos días, Franco le cambió el ataúd a su auto. Foto: Franco Cipolla

      Sus primeras caravanas fueron a los cementerios de Chacarita y Recoleta. Llegaban a destino y después terminaban todos juntos en bares, shows de rock, eventos celebratorios del terror o “toda cosa onda dark o gótico”. Los sitios, a medida que el club se fue agrandando, se volvieron más ambiciosos. Una vez, de hecho, llegaron hasta Chascomús.

      O sea, son como un grupo de motoqueros, pero de fúnebres…

      -Lo del fúnebre está muy relacionado, al igual que la moto, con el rock o con el punk. Hay músicos, mucha gente del palo... Algunos tienen una moto, otros tienen un fúnebre.

      Cipolla cuenta que la tradición es importada de los Estados Unidos, donde el coche fúnebre “es un objeto de culto desde hace mucho tiempo”.

      “Ya los tipos habían organizado un club y se juntaban. Todos con una onda así, de una delgada línea entre la vida y la muerte. Y acá era como que no pegaba eso. Los primeros tipos que andaban así en coches ex fúnebres eran hombres que los compraban en la cochería por ser autos más baratos por no tener público. Entonces, a veces los adaptaban tipo camioneta, tipo rural, y los usaban para laburar”, explica.

      Franco, trabajador en el rubro de construcciones, no vive del fúnebre. Es coleccionista de autos y de ahí -además de por la película- viene su pasión por los coches fúnebres. De hecho, es tan fanático de los autos que tiene un libro sobre la historia del "Toro" argentino, titulado "El Torino: historia de una proeza industrial, tecnológica y deportiva" y editado por Lenguaje claro editora.

      Sus colegas tampoco viven de los fúnebres. Ellos “no saben explicar bien” por qué tienen el hobby de andar en estos coches. Él, de hecho, tampoco. La incomprensión suma: vuelve su ritual una experiencia fantasmal, misteriosa, intrigante, sórdida.

      Cipolla, además, escribió un libro sobre la historia del Torino. Foto: Franco CipollaCipolla, además, escribió un libro sobre la historia del Torino. Foto: Franco Cipolla

      Al final, el funebrero declara (tácitamente) estar en el upside down: -¿Qué te dicen tus amigos, familiares o conocidos que no están en el “club”?

      -Que estoy mal de la cabeza. Que nunca te dio el alta del psicólogo y cosas así. Quizás no es que uno no sea normal, sino que los demás son comunes.


      Sobre la firma

      Nicolás Mancini
      Nicolás Mancini

      Redactor de la sección Internacional/Viste nmancini@clarin.com

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