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22.06.2012 | Las aventuras de Caty Kharma

Almacén chino

Una cita semanal con el personaje creado por la escritora Patricia Suárez para Clarín Mujer. Para identificarse, sonreír y reflexionar.

Patricia Suárez / Clarín MUJER
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Caty había logrado que su madre, aliada con Quinallata, no picara en trocitos a Rabito, el conejo, y lo metiera dentro del relleno de las empanadas de carne dulce. Para evitarlo no tuvo más remedio que quedarse en su departamento el feriado, mirando tele y vigilando la jaula con el conejo. Ahora, de vez en cuando, lo dejaba suelto por el piso y Bruno Diaz, su fiel chihuahua, se echaba encima del mamífero lagoformo, y dormía la mar de calentito. Caty había pensado si, tomándoles una fotografía y enviándola a un concurso de esos de “Yo amo Buenos Aires” o “El primer amor”, podría ganarse un primer premio. O un segundo premio… O un premio consuelo gracias al cual la enviaran a conocer París o la Reserva Nacional de Tsavo en Kenya para fotografiar cebras, elefantes, o lo que hubiera. Claro que a lo mejor su mala suerte habitual -que ella creía mala suerte pero en realidad no era más que una mezcla de torpeza y negligencia y una pizca de vodka sacudidos muy fuerte dentro de una coctelera-, hacía que un rinoceronte le pasara por encima dejándola más chata que papel tissue. Entonces se convertiría en una mártir de la fotografía como esos fotoperiodistas de los tiempos de guerra, y en el sitio selvático donde muriera, le erigirían un altarcito como a la Difunta Correa. Se convertiría en la Difunta Caty y sus devotos irían a pedir por una cámara nueva, un trípode, un flash, etc., y ella a todos les cumpliría sus pedidos.

Cuando regresó de su ensoñación, eran casi las doce del mediodía y salió a comprarse algo de comer. Últimamente había estado evaluando la posibilidad de hacerse vegetariana. No sólo es saludable, sino hasta dietético y podía bajar de peso. La cuestión estaba en tener siempre una provista de alimentos veggie como vegetales para ensalada, arroz, semillitas diversas, salsas de soja, de arándanos, jengibre, leche de coco. Porque si no se caía en “la gran Pirilo”, donde como las pizzas no tienen ningún ingrediente animal, uno iba dándoselas de vegetariano y se tragaba tres porciones de muzzarella con fainá. El almacén se llamaba Li, porque pertenecía a la familia Li. Así se lo había explicado la vecina del 4to F que, a juzgar por la pinta que tenía y la lengua afilada, era harto probable que saliera todas las noches a pasear por los aires subida en la escoba. Había más chismes sabrosos sobre la familia Li, que la bruja del 4to F debía saberlos gracias a sus dotes diabólicas porque era prácticamente imposible entenderse con los Li en español. La señora Li era de una familia tradicional de la China; por eso tenía los pies rotos, calzaba 26 de un zapato con la media suela de hierro y siempre atendía sentada atrás del mostrador y era lo más igualito a Buda que la vieja del 4to había visto en su vida. El matrimonio Li había emigrado a la Argentina porque quería tener un familión y vestirse de dorado imperial y allá los comunistas no los dejaban. La señora Li apenas llegó a Buenos Aires encargó familia y tuvo al mayor Shao Yao, que quiere decir peonía, la flor nacional de China, pero no de Taiwán, porque en Taiwán tienen otras ideas. Lo que la bruja del 4to no podía saber es si Shao Yao se llama así porque es medio bobo o porque el nombre lo determinó. Igual, la bobería del primogénito se compensó con la llegada de Mulán y Naomi, que apenas pudieron le hicieron pito catalán a la Argentina y se casaron con dos gringos de Texas, y al final vino Bao Bei, que atiende el almacén y te envuelve las milanesas de soja mientras con una mano le limpia la baba al hermano y con la otra masajea las herraduras de la madre. Bao Bei, que es un encanto, recalcó la vieja bruja, su nombre quiere decir tesoro. Vas a ver cómo te gusta ese chico y se terminan tus problemas para siempre con los hombres y empiezan los de él con las mujeres, bromeó la bruja entre grandes risotadas.

Pero algo hubo de cierto: fue nada más entrar en el almacén y quedar deslumbrada: el local olía a sándalo y esencias indias, y un muchacho vestido de oscuro y porte elegante salió a recibirla en cuanto sonaron las campanillas en la puerta. Le sonrió y le hizo una leve y respetuosa inclinación de cabeza. Caty miró aquí y allá en busca de la familia monstruo que la bruja xenófoba del 4to le había advertido que estaban en el local: no vio a nadie. Caty suspiró: “Cuántas cosas hermosas hay acá…”. Bao Bei dijo, con tanta suavidad que fue casi inaudible: “La afinidad genera la atracción y no al revés”. El muchacho chino cautivó el corazón de Caty Kharma.

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