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03.08.2012 | Las aventuras de Caty Kharma

La bestia

Una cita semanal con el personaje creado por la escritora Patricia Suárez para Clarín Mujer. Para identificarse, sonreír y reflexionar.

Patricia Suárez / Clarín MUJER
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Promediaba la sexta función del musical La Bella y la Bestia, cuando Stella Moshapa le dijo a Caty que tenía a alguien a quien presentarle. Para ser más precisas, la Bestia. Era un hombre apuestísimo, tal como ella podía ver en la última escena del musical, cuando el actor pasaba de bestia a príncipe. Y, contrariamente a lo que decían sus detractores, para nada gay. El actor en cuestión se llamaba Horacio Papatanasio, y era afinado: no era cierto que hacía playback de Ricky Martin, como dijeron algunos medios hostiles con el productor. Además, había sido profesor de música hasta los 40 años, y había depositado todo su saber en enseñar a los dulces niños de 9 años a tocar la flauta. Caty carraspeó: Si hasta los 40, el tal Bestia había estado yugando en la escuela primaria, ¿cuántos años vendría a tener ahora? “Pocos más”, respondió Stella al asunto sin darle demasiada importancia, puesto que ella adivinaba la edad de los seres vivos, según la profundidad que sus huellas tenían en la sabana africana. Finalmente, Caty aceptó una cita con Horacio. Él, todo un caballero, la invitó primero al cine y luego a cenar. Stella le dijo que esta invitación era una señal estupenda, porque los hombres ya no invitan a tantas cosas, se limitan a saludarte con la mano en la calle y después te chatean tres o cuatro veces, hasta que aceptás ir a sus departamentos. Stella Moshapa estaba segura de que el común de los hombres se manejaban de esta manera, ella lo había visto mucho en su trabajo como ofidióloga en Botswana. Estas palabras sumieron a Caty en una honda perplejidad, pero después, Stella agregó alegremente: “Horacio, ¡ah, qué gentleman!, hasta usaba una gardenia en el ojal del sobretodo”.

Caty se predispuso lo mejor que pudo para encontrarse con Horacio. Estaba segura de que aparecería un viejo carcacho que apenas podría balbucear dos palabras, con el pelo sostenido sobre la cabeza a fuerza de laca y spray y con aire a Hilda Bernard.

Caty y la Bestia se encontraron en la puerta del cine. Aunque Caty se acercaba a hablarle a cada viejito con bastón que veía, previendo que pudiera ser Horacio, de pronto apareció un galán de casi dos metros de alto doblando la esquina. Caty sospechó que podía ser un jugador de básquet famoso; existían más jugadores de básquet en la Argentina, no estaba solo Ginobili. El gigantón venía con cuatro rosas en miniatura en la mano y cuando Caty vio el ojal del sobretodo, con una gardenia oronda como una paloma, no dudó que se trataba de la Bestia. Se quedó tan sorprendida como si el cielo se hubiera vuelto verde.

“¿Caty Kharma?”, preguntó, “Ansiaba conocerte”.

Caty pensó que había muerto y estaba en el paraíso donde un modelo de Kenzo le dirigía la palabra a ella, pobre pecadora mortal.

“¿Ajá?”, tartajeó ella. Debía ser un chiste de cámara oculta y pronto aparecería detrás un enano barbado y barrigón, de ciento veinte años, que chillaba: “Yo, nena, soy la besssstia”.

“Seguro”, continuó Horacio, “que no tenías tanto interés en conocerme como yo a vos. Te vi cuando hiciste de Dorothy, fue un reemplazo genial. Espero que te sigas dedicando al musical, tenés un talento especial.”

“¿Yo…?”

“¿No habrás comprado las entradas? Las saqué hace tres días por Internet, cuando Stella me dijo que aceptabas salir conmigo.”

Muy bien, pensó Caty, seguro que todo iba perfecto y cuando se iban a la cama el tipo resultaba un pervertido total, o tenía un disfraz de conejita de Playboy en un bolsillo, se lo ponía y cantaba melodías de Gladys la pantera tucumana. Entraron a ver Mi semana con Marilyn, película que bajó a cero la autoestima de Caty. Mientras trataba de sobrevivir a la visión de Michelle Williams medio desnuda, sabiendo que jamás en su vida llegaría a ser como ella, la Bestia tomó delicadamente la mano de Caty y murmuró a su oído: “Yo, lo que de verdad quisiera, es pasarme una semana entera con vos”.

Caty estuvo a punto de levantarse de la butaca, airada y gritar a los espectadores o a Dios Padre:

-Bueno, a ver, ¡¿quién me está tomando el pelo?! Pero sólo suspiró:

-Horacio…

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