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04.09.2012 | Vínculos

¿Me enamoré del jefe?

Miles de historias se han tejido en torno al vínculo cercano, muchas veces íntimo, entre los jefes varones y las mujeres. Las fantasías que dispara son floridas, y hasta motivo de celos en muchos matrimonios. ¿Figurita repetida? ¿Es amor?

Adriana Arias
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Ella se levanta todas las mañanas dispuesta a encarar su jornada con la mejor de las energías y con el entusiasmo de una cotidiana promesa. Se baña, se produce, se perfuma cada día con el perfume que, a esta altura, sabe perfectamente que es el que más le gusta a él. Se lo ha dicho en más de una ocasión. Se viste adecuadamente, clásica y moderna a la vez, correcta y sexy, espléndida.

Llega siempre unos minutos antes que él. Ordena sus papeles (los de él), anticipa los llamados telefónicos (de él), revisa y acicala el escritorio (de él), enciende el aire acondicionado, organiza las carpetas, abre las ventanas a diferente altura según el estado del clima, se asegura de que la limpieza cotidiana haya sido realizada adecuadamente, la taza de café recién hecho y humeante sobre su bandeja, la copa de agua mineral de la marca de su preferencia, los caramelos de miel.

Se retira a su escritorio a esperarlo a él. Habitualmente registra cierto grado de deliciosa ansiedad durante esos escasos momentos.

Él llega puntualmente, como siempre, con esa actitud entre distante y cercana que la confunde tanto. La saluda amablemente con un guiño de cariño respetuoso que ambos conocen y que los hace cómplices desde el inicio del día. Se lo nota apurado, con la energía dispuesta a enfrentar los cientos de temas que lo esperan.

Ella lo deja solo en su escritorio los consabidos 15 minutos que él necesita para instalarse. Cuando tiene la exacta certeza de que él espera su presencia y sin correr nunca el riesgo de tener que ser requerida, golpea la puerta de su santuario y entra. Como siempre, lleva su agenda entre sus brazos y comienza a recordarle las diferentes tareas que lo esperan ese día.

Él la observa atento y cortés, siempre se comporta como un caballero con ella, jamás abusa de su poder y de su autoridad. Su mirada es absolutamente confiada respecto al listado de quehaceres organizados por ella y asume sin juicio alguno las mismas.

Él agrega diferentes cuestiones de las que ella deberá ocuparse. Inmediatamente ella anota prolijamente sus sugerencias en la agenda.

La distancia física entre ambos se va modificando a lo largo del intercambio. Al principio ella está paradita cerca de la puerta, al rato se apoya en el escritorio y más tarde se acerca sutilmente a él con la excusa de compartir cierta información que aparece en la pantalla de su computadora. En ese momento registra su respiración, su perfume (que la subyuga), siente como su melena roza el cuello de él y no se aleja, sus miradas se encuentran cerca...muy cerca. ¿Acaso no es ternura lo que trasuntan sus ojos celestes? ¿No podría entenderse como deseo hacia ella? ¿Y esas sonrisas encubridoras entre ambos? Cuidado, se dice. No des pasos equívocos, se indica.

Él le recuerda que es lunes. Los lunes suelen almorzar juntos con la excusa consensuada de aprovechar ese rato para programar la semana. Almuerzo de trabajo lo llaman. Para ella es un día de celebración. Recibir su invitación, comer con él como si fueran pareja, brindar con un rico vino que se permiten en esas ocasiones. La mañana se le va a hacer eterna esperando esa oportunidad. Se regodea imaginando la escena. Le suma el placer que le provoca generar las miradas curiosas de los demás empleados cuando regresen juntos a la empresa. Ella, la secretaria del octavo, volviendo de almorzar con su jefe. Delicioso.

Se despide para continuar cada uno con su programa diario.

Vuelve a su cálido reducto y se dispone a realizar sus tareas con dedicación y amor... ¿amor? Sí. A esta altura ya sabe con certeza que está profundamente enamorada de él. Es el hombre más espléndido que conoce, es el modelo idealizado, es el sueño para su futuro. En ese estado es cuando olvida que él está casado. Es esperable, se dice, siendo mayor que ella y reuniendo todas las cualidades que reúne no podría ser de otro modo. La lucha que libra entre su deseo y sus mandatos y precauciones no dura demasiado. Su objetivo, su meta, el diseño que imagina para su vida junto a él vence todo prejuicio y temor.

Además, es sabido que muchas otras lo han logrado. Es un mito convertido en realidad en cientos de casos. Sólo se trata de esperar y trabajar denodadamente para ello. Manos a la obra.


Lic. Adriana Arias, psicóloga y sexóloga, co-autora de los libros Locas y Fuertes y Bichos y Bichas del Cortejo, junto a Cristina Lobaiza (Del Nuevo Extremo)


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