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07.09.2012 | Las aventuras de Caty Kharma

¿Me amarás mañana?

Una cita semanal con el personaje creado por la escritora Patricia Suárez para Clarín Mujer. Para identificarse, sonreír y reflexionar.

Patricia Suárez / Clarín MUJER
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Cuando despertó aquella mañana, en la casa de Horacio, la Bestia, él no estaba a su lado. Caty se mordió los labios: seguro que se había ido y le dejaba una nota diciendo: “Muy lindo todo anoche, pero tuve un llamado urgente del Pentágono. Nos vemos en seis años y diez días en una Convención de Alienígenas en Kyoto”. La voz de Carole King venía de otro cuarto: “¿Es este un tesoro duradero o sólo un momento de placer? ¿Puedo creer en la magia de tus suspiros…?” El corazón de Caty se estrujó recordando la noche anterior, y el precio que tendría un boleto de vuelta a Kyoto dentro de seis años, con la inflación el aumento que traía mes a mes. Mientras fantaseaba con estas cosas le llegó un inconfundible olor a café y pan tostado. Los felices llaman a esto una de LAS DULZURAS DEL HOGAR. Se trataba de un café que no era el instantáneo que ella usaba porque no tenía energía, cada mañana, para mucho más que batir dos vueltas el polvo y el agua. Durante 33 años y medio, ella había deseado algo como un hogar, uno de ella propio, con todas las alegrías y las dificultades y sin embargo, no había podido. ¿Existía un destino que la obligaba siempre a derrapar entre hombres a los que a toda vista les faltaba un tornillo? ¿Era, acaso, un problema genético que ya traía el ADN de su madre? ¿Debería haber ido a misa todos los domingos, todos los domingos, como cantaba Sergio Denis, a rezar a San Antonio para que le enviara un novio? No podía decir que, fuera de Martín Jeftanovic, su novio y estafador privado, se hubiera enamorado alguna vez de otra persona. ¿Estaba condenada a no sentir jamás esa emoción que los terrestres anhelan desde que nacen hasta que se mueren? Últimamente ni siquiera entusiasmarse le resultaba fácil. El chihuahua ya no quería dormir a los pies de la cama y el conejo andaba de orejas caídas. Tal vez debiera hacer un viaje a la India, como Julia Roberts en la película, y mientras buscaba su alma y su verdadero yo interior, conocía a un galán extranjero. Sus ahorros, calculó, le permitían, a lo sumo, pasar una semana en Luján, en un hotelito de media estrella. Quizás, si aprovechaba ahora mismo la oportunidad, podía buscar si la Bestia no tenía una tarjeta de crédito por ahí, robársela y comprarse algo por Internet. Un pasaje de avión, por ejemplo, o un mes de viandas dietéticas por Mercado Libre. No, no habría suerte con eso tampoco, pensó: la Bestia era un hombre muy bueno, pero no parecía tan estúpido como para dejar una tarjeta de crédito a mano de ella. A lo mejor, si él la hubiera considerado una prostituta a la que debía pagar… no digamos ya un millón de dólares, como Robert Redford, pero, no sé… Claro, que él había sido tan considerado con ella, tan atento, tan cuidadoso… Nada de comportarse en la cama como el actor superdotado de una porno; nada de poses que requieran de un equipo de kinesioterapia después… No, no. El decididamente era un buen tipo; lástima lo de la Convención Alienígena en Kyoto.

En ese instante, Caty oyó un silbido. El silbido seguía la melodía de Carole King: “¿Me seguirás amando mañana?” Estaban entrando a robar, pensó, pero qué cultos y afinados los ladrones. Después se asustó cuando le pasó por la mente que era bastante probable, aunque no seguro, que la violaran. Se echó a llorar convulsivamente: si la violaban iban a provocarle un trauma terrible, que la aniquilaría de por vida y ya no podría viajar en seis años a Kyoto a reencontrarse con la Bestia. Su existencia quedaría trunca para siempre. O peor: tal vez era algún francotirador enviado del tal Abdul que se llevó a la mujer y la hija de la Bestia a vivir a Jordania, y entraba de repente con una metralleta y la convertía en papilla antes que cante un gallo. Caty lloró más fuerte: no era lo suficientemente valiente para saltar por la ventana y suicidarse, antes que dejarse matar por un cavernícola de las armas de fuego. Se tragó los sollozos para evitar hacer ruido y delatar al terrorista o a los ladrones, dónde estaba ella y así poder vivir unos míseros minutos más. Tanto tragarse los sollozos, necesitó de pronto sonarse la nariz, y ya tenía la sábana sobre las narinas en un acto incivilizado y asqueroso como es limpiarse los mocos en la ropa de cama, cuando la Bestia apareció en la puerta, con su mejor sonrisa, una bandeja con café, tostadas untadas con jalea de naranja y su voz melodiosa al son de:

-Hola, linda. Amor de mi vida, ¿querés desayunar?

Caty deseó que la tierra se la tragara.

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