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      “Manto de gemas”, en las orillas del narcotráfico

      La ópera prima de Natalia López Gallardo, ganadora en la última Berlinale, narra la violencia desde la perspectiva de tres mujeres.

      "Manto de gemas", en las orillas del narcotráficoLa película ocurre en un pueblito mexicano en el estado de Morelos, azotado por los narcos.

      Un pueblito situado en un desierto que se extiende hasta donde llega la vista. La penetración del narco es total y sus actividades se confunden con las de cualquier otro oficio. El tráfico, la venta de armas, los secuestros y otros crímenes son la argamasa que conecta, para bien o para mal, a los habitantes del lugar: una empleada de limpieza que busca a una hermana desaparecida y trabaja para una banda de la región, una ama de casa que se suma a la pesquisa movida por el placer secreto de lanzarse a lo desconocido, y una mujer policía que ve impávida cómo su hijo es reclutado por los narcos de la zona.

      En ese ecosistema tan hostil como poderoso transcurre Manto de gemas, el debut como directora de la boliviano-mexicana Natalia López Gallardo, que se labró una carrera como montajista para algunos cineastas mexicanos como Carlos Reygadas (su pareja) y Amat Escalante, pero también para otros como el argentino Lisandro Alonso. En esas películas, Gallardo comprendió y llegó a dominar los mecanismos de los relatos morosos y evocadores, ocupados en la observación de las cosas antes que en los estallidos de la narración.

      Levantada sobre ese aprendizaje, Manto de gemas exhibe sin embargo una visión singular: Gallardo mira alucinada el mundo primitivo y brutal que tiene delante suyo sin buscar la perplejidad de los filmes de Reygadas ni ejercer el gusto por la crueldad de Escalante. Lo suyo es más bien una cartografía emocional, un sondeo de las pulsiones que alimentan la vida y la muerte de un pueblito mexicano situado en el estado de Morelos, donde la directora reside hace quince años. Después de hacerse con el Oso de Plata en Berlín, Manto de gemas se estrena en salas. Desde su casa en Morelos, la directora conversó con Ñ.

      –¿Cómo fue el proceso que dio origen a la película?

      –La idea la tenía desde hace un tiempo, pero las entrevistas con la gente fueron el motor que me llevó a hacer la película. Sabía que quería acercarme a este tema, pero intuía que no quería filmar una película sobre el narco, los desaparecidos o sobre las violencias que hay en México. Me interesaba más hablar de una experiencia interior, sobre lo que significa haber visto y vivido la descomposición social del narco durante muchos años. Después de escribir el argumento y de dejar a los personajes apenas dibujados, salí a buscar personas. Ahí me di cuenta de que la película tenía que tratar sobre esta herida espiritual, que todos compartimos. Siempre fue una película colectiva, un llamado a la empatía.

      –Esto que explicás pareciera alejar a la película de las urgencias de la denuncia, que es el lugar desde el cual se suele contar el narcotráfico.

      –Hay grandes documentales sobre el tema, que son denuncias sociales y que tratan de explicar esta tragedia. A medida que preparaba la película, me daba cuenta de que el tema primordial era hablar de esta herida, del peligro de vivir en una sociedad sin un proyecto en común. Eso me llevó a construir el film confiando plenamente en los elementos del cine, especialmente en el sonido: sentí que no podía acercarme frontalmente a una problemática así, sino que tenía que verla de lado, evocarla, sugerirla. Tomé conciencia de que la atmósfera era la protagonista, y que era ahí donde finalmente se iba construyendo la experiencia. En nuestra época hay una fascinación brutal por el argumento y el clímax, en buena medida porque nos hemos volcado a las plataformas y a un tipo de contenido televisivo estandarizado, pero creo que las potencialidades del cine exceden la capacidad de contar hechos o de reunir datos.

      –Porque no es que la película no narre, de hecho, narra varias historias, pero lo hace con una lógica fragmentaria, con lagunas, con huecos ¿Creés que una narrativa tradicional no te hubiera permitido explorar esa dimensión experiencial?

      –Tal vez sí, y la película tendría otra forma. Pero creo que el collage, que es la estructura que quedó, responde a numerosos factores, sobre todo a que es una película colectiva, con muchos personajes. Entonces, para que todos pudieran florecer, había que regular sus espacios y omitir cosas, porque no había tiempo. Por otro lado, uno de los elementos más importantes de la existencia es la ambigüedad, lo indeterminado, lo que no se puede definir o no tiene significado claro; el estar vivo apela a eso. Esto fue fundamental: tratamos de trabajar sobre algo misterioso, que no sabíamos explicar, que es un poco lo que nos sucede con la tragedia que vive México, que nos provoca terror y miedo pero que no está definido, no se puede responder. Por otra parte, ningún proceso humano se da de manera lineal y clara: nuestra memoria no actúa así, ni los sueños, la verbalidad o el pensamiento. Nuestra interioridad es fragmentaria, elíptica, emocional.

      –Muchas críticas interpretaron la película como un llamado de atención sobre el problema del narcotráfico. Sin embargo, la puesta en escena se desarrolla en los términos más difusos que describís vos: los planos generales trabajan mucho con paisajes y con el lugar ínfimo que ocupan las figuras humanas, lo mismo los primeros planos, que construyen algo distinto del significado claro y contundente de la denuncia, algo más parecido a un sentido oblicuo, más esquivo, que no se deja asir del todo. ¿Cómo planificaste la puesta en escena?

      –Es que los mexicanos y las mexicanas tenemos experiencias muy distintas cada vez que vemos un cuerpo desmembrado, o nos enteramos de que mataron a una mujer, o que secuestraron a una persona de la comunidad. Esa complejidad, esa diversidad de emociones es lo que yo quería filmar. Sobre la puesta en escena, creo que las películas son procesos develatorios. Como montajista vi a otros directores “encontrar” sus películas. Uno avanza por capas y solo en el final se revela un todo, una forma. Yo pensé la película más en términos de planos que de guion (que me sirvió para conseguir fondos, pero rápidamente quedó atrás). Eso me ayudó a llegar a un proceso de visualización, pero entendido en sentido amplio, no solo en relación con lo que se ve, sino también con lo que se escucha y se siente. Ahí descubrí el ritmo interno de la película: de los colores, de la hora del día, de los movimientos de cámara, del sonido. Después vino la etapa muy voluntariosa del montaje.

      –La película se diferencia claramente del cine hollywoodense que trata el tema del narcotráfico. ¿Hay alguna tradición, o estilo o nombres en los que te referencies?

      –Amo el cine. Pero las películas que amo no sé describirlas, ni sé bien de qué tratan, solo sé que me han transmitido una experiencia, y recuerdo sonidos, imágenes y sensaciones. Hablo de un cine que invita a compartir el misterio de la vida. Amo a Bresson, también a cineastas contemporáneos: me identifico con el cine de Carlos (Reygadas), que es una fuente de inspiración para mí. Comparto muchas cosas con Amat (Escalante) y con Lisandro (Alonso). Me fascina Lucrecia Martel y admiro a Nuri Bilge Ceylan. Creo que todos comparten una idea del cine como expresión artística que va mucho más allá del hecho de contar una historia.

      Manto de gemas
      Lugar: Teatro San Martín. Sala Leopoldo Lugones. Av. Corrientes 1530.
      Funciones: jueves 7, viernes 8 y domingo 10 a las 21, martes 12, miércoles 13, jueves 14 y viernes 15 a las 18.


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      Diego Mate

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