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      Lola Arias y su personal visión de Malvinas

      Ahora dirige a veteranos de ambos bandos en su film "Teatro de la guerra". Además, repone la obra "Campo minado".

      Lola Arias y su personal visión de MalvinasEn la escuela conceptual del teatro documental, Lola Arias juntó a veteranos de guerra argentinos e ingleses y los hizo hablar de sus experiencias.

      Desde hace dos años, seis veteranos de la guerra de las Malvinas, tres ingleses y tres argentinos, viajan por el mundo, juntos, para contar una misma historia: que ir a una guerra es una experiencia irreversible. El relato de estos viejos enemigos se volvió la obra de teatro Campo Minado, la película Teatro de Guerra y un libro bilingüe, todo creado por Lola Arias, la autora de este proyecto con el que logró el mayor acercamiento diplomático entre Argentina e Inglaterra en los últimos 34 años de historia.

      Campo minado fue estrenada en mayo de 2016 en el Royal Court de Londres, el principal teatro de la capital británica dedicado a la nueva dramaturgia. Luego, en noviembre del mismo año, se presentó en Buenos Aires, en el Centro de las Artes UNSAM. El proyecto, que desde el sábado 8 de septiembre se podrá ver en el Teatro San Martín y que incluye el estreno de la película Teatro de Guerra, reúne veteranos argentinos e ingleses de Malvinas para explorar lo que quedó en sus cabezas 34 anos más tarde. En un set de filmación convertido en máquina del tiempo, los que combatieron se teletransportan al pasado para reconstruir sus recuerdos de la guerra y su vida de posguerra. Según Lola Arias, su obra “indaga acerca de las marcas que deja un trauma, la relación entre experiencia y ficción y las mil formas de representación de la memoria”.

      –¿Cómo fue el punto de partida de Campo Minado?

      –Partí de una pregunta que le hacía a todos los veteranos que íbamos entrevistando. Esto es: si tuvieras que elegir un momento de la guerra que quedó marcado en tu cabeza, hasta el día de hoy, ¿cuál sería? Trataba de encontrar el recuerdo que quedó más fosilizado, la imagen que se repite, que vuelve hasta el día de hoy. Quería partir de esa imagen, algo que se mantiene 35 años más tarde. Creo que eso es lo que guió todo mi trabajo: es una revisión de la memoria de estas personas que son veteranos de guerra, pero no es una reconstrucción en un sentido histórico o militar, no me ocupo de evocar cómo fueron los combates. Lo que se muestra es lo que ellos recuerdan de la guerra y lo que guerra hizo con ellos.

      –¿Cómo fue la experiencia para estas seis personas que no son actores de contar sus vidas en un escenario?

      –Campo Minado se estrenó hace dos años y ya estuvo en 27 ciudades del mundo, siempre con los mismos intérpretes. Estuvimos en Francia, Alemania, Inglaterra, Portugal, Bélgica, Italia, España, Brasil y Chile. Este año vamos a ir a Japón. Los performers, así les digo yo porque no construyen un personaje, fueron entendiendo lo que significa estar en una obra, irse de gira, trabajar en los ensayos y la relación con el público. El espectáculo se adapta y conmueve, aunque en muchos de los lugares donde estuvimos la gran mayoría no sepa que existió la guerra de las Malvinas ni dónde quedan las islas. La obra trasciende lo local y lo histórico y muestra las consecuencias en la vida de las personas que tuvieron que ir a la guerra.

      –¿Utilizás el registro del teatro documental para plantear un tema universal?

      –Cuando yo empecé con este proyecto, tenía la idea de que los argentinos habían sufrido más porque eran conscriptos, porque no tenían experiencia militar, ni equipamiento. Pero luego me di cuenta de que los ingleses, que son un ejército profesional, que peleó en el mundo entero durante siglos, también tienen hasta el día de hoy las marcas de esa guerra. Eso es así porque la guerra es una experiencia radical. Estos hombres que fueron a Malvinas teniendo 18 y 19 años en el caso de los argentinos, mientras que los ingleses eran un poco más grandes, entre 20 y 22 años; ahora están en otro momento de sus vidas. Tienen casi 60 años. Lo particular de este proyecto es que el tiempo que pasó entre la guerra y hoy hace posible que se piensen las consecuencias a largo plazo de la guerra, porque esas consecuencias no se ven cuando llegan los soldados, se ven años más tarde. Eso es el estrés post traumático: un golpe que se produce sobre un cuerpo y un efecto que solo se ve con el tiempo.

      –En la película Teatro de Guerra mostrás una charla entre dos veteranos ingleses que plantean tu origen argentino y les preocupa que sólo se muestre el punto de vista de los argentinos ¿Esto fue así?

      –Sí. En la película quise mostrar los conflictos de la creación de un proyecto como este. Desde el inicio, los ingleses tenían una gran desconfianza porque obviamente no soy una persona neutral. Estoy criada en un país, con una historia y por supuesto no tengo una posición neutra en relación al conflicto. La preocupación de solo poner en escena el sufrimiento de los argentinos fue algo recurrente en los largos ensayos. Creo que es un miedo que no se les va. Entonces, en la película se reconstruye algo que pasaba siempre: los ingleses se encontraban en un bar y bebían y hablaban sobre este tema. Pero también ponen en discurso otras preocupaciones, por ejemplo, que son veteranos que se convirtieron en actores. Así se muestra el gran trabajo de puesta en escena que hay tanto en la obra de teatro como en la película. Todos los textos que dicen están completamente escritos y las escenas que se hacen son totalmente pautadas. Esa es la gran diferencia entre un documental más de observación, en el cual la cámara trata de desaparecer para captar lo real, y un documental como Teatro de Guerra, donde el equipo interviene sobre lo real, decide y elige qué situaciones contar. Además, hay que agregar el hecho de que ellos no están jugando un rol, entonces los vínculos y conflictos que se muestran son reales.

      –¿La experiencia de Campo Minado se volvió algo sanador para intérpretes y espectadores?

      –Creo que se produce una nueva perspectiva, un nuevo encuentro. La obra y la película crearon una comunidad utópica, algo que que no existía: veteranos de ambos lados trabajando juntos y escuchando sus historias, tratando de contenerse. Cuando empecé con este proyecto fue muy difícil: ninguno de los dos países lo apoyaba. Hubo mucha resistencia. Pero cuando estrenó y tuvo críticas maravillosas en los medios ingleses, todo el mundo se quiso sacar la foto. Creo que fue una sorpresa porque había una mirada poco épica sobre la guerra, se enfatizó la vulnerabilidad de las personas, el fracaso de la guerra y se desarmó esa dicotomía de vencedores y vencidos.


      Perseguidos por la misma sombra

      Sobre el film "Teatro de guerra"

      Por Roger Koza

      En los libros de historia y en la inmediata asociación de cualquier guerra y sus episódicas hipérboles que llamamos batallas, los ejércitos numerosos se enfrentan como si erigieran un cuerpo mayor que representa a un pueblo ligado por un territorio, una lengua y un pasado en común. Lo que queda de una guerra son datos, tratados y posesiones territoriales: números de muertos, sesiones y soberanía. Los cadáveres y los sobrevivientes están destinados a dos expresiones de desdén: el olvido infinito y la conmiseración de compromiso.

      Pero no siempre es así. Frente a la prepotencia universal de la Historia, el cine puede recoger lo singular, esa dimensión insustituible de cualquier evento que se disipa en la abstracción que exhorta el concepto. El soldado y su cuerpo constituyen el grado cero de cualquier combate, el número sin nombre que solamente trasciende cuando la acción en el campo de batalla le dispensa un papel determinante al que se le adjudicará ese vocablo exangüe pero invencible, el de héroe. La fuerza ética de Teatro de guerra consiste en atenerse a lo singular a secas. Sus seis protagonistas principales no son héroes; tampoco patriotas. Los que sobreviven a una guerra son justamente sobrevivientes; no han ni ganado ni perdido, apenas han conservado sus vidas.

      Lola Arias reúne a seis participantes de esa guerra infame que fue la Guerra de Malvinas, táctica moribunda y perversa de los dirigentes castrenses de turno que revivieron a un viejo enemigo de la nación argentina para que la división interna de un país y la menguante aceptación de un gobierno ilegítimo pudieran extender su permanencia en el poder. Para Arias y sus soldados, no hay nada que amerite grandeza en ese fatídico otoño de 1982, lo que no significa que el reclamo de soberanía se desatienda o las razones de los ingleses se mancillen. Con una notable escena se evidencia la genealogía del conflicto, como también la racionalidad de los contrincantes; asimismo, con una perspicaz y única escena breve la obscenidad de los dos líderes de aquel entonces se glosa con todo el desprecio que merecen Margaret Thatcher y el dictador Galtieri.

      Teatro de guerra acopia las memorias y los testimonios de los tres soldados argentinos y los tres ingleses. La interacción entre los viejos enemigos es de una amabilidad permanente. Los une el sufrimiento y el descubrimiento de que no hay experiencia más dolorosa que matar a un hombre. Como razona Marcelo Ramón Vallejo, “no solamente se tenía miedo a morir, sino también a matar”. Esa declaración al paso explica el tono fraterno del filme. Pueden recordar momentos de batalla, sentir la pertenencia a un país y su historia, pero todos han sido tocados por la vehemencia del espanto y el sinsentido concomitante.

      El concepto general es dialéctico: la abstracción y lo ocioso de los escenarios elegidos son negados y llenados por el testimonio concreto de los sobrevivientes. Así, Arias conjura el manual de Historia y la mistificación patriótica. El ingenio de la puesta en escena es indesmentible. La mayoría de las veces, los excombatientes están en espacio vacíos y representan, de modos diversos, escenas de las batallas. En un pasaje casi fugitivo, se observa el verdadero campo de batalla y solamente una vez Arias emplea material de archivo audiovisual (inglés). Las tapas de una revista argentina de aquel período son suficientes para divisar la retórica chauvinista, siempre canalla y al servicio del poder de turno. Que uno de los soldados se haya negado siempre a revisarlas es un gesto inconsciente de protección frente a la institucionalización de la mentira.

      No son muchas las películas sobre la Guerra de Malvinas. Las hay de aquellas que prefieren enfatizar la gesta nacionalista a expensas de enunciar la maldad pragmática y las espurias motivaciones de quienes la propiciaron; las hay también de aquellas que se circunscriben al sufrimiento propio y sus consecuencias. Arias eligió un camino tan incómodo como infrecuente: el que descree respetuosamente de las banderas y prefiere ceñirse al dolor de todos.



      Sobre la firma

      Mercedes Méndez

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