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      Ventajas de la desubicación en el oficio literario

      Premio Clarín Novela en 2006, Betina González repasa los trucos de la ficción y reivindica el derecho a la ambición en una escritora.

      Ventajas de la desubicación en el oficio literarioBetina González.

      La escritura como secreto, como algo prohibido que se practica a escondidas, durante la noche. Como disfrute y derroche, una inutilidad frente a las exigencias prácticas del mundo, frente al trabajo; una actividad que suele verse como una afrenta, intento vano de sobresalir, de liberarse del yugo cotidiano. La escritura como crimen.

      Esos rasgos y connotaciones, analizados en La obligación de ser genial de Betina González, son el resultado de una indagación minuciosa en la propia experiencia, en su iniciación como escritora, en un encontronazo precoz con el mundo y sus prejuicios. Siguiendo la estela de Virginia Woolf, Margaret Atwood y Joanna Russ, la autora de Arte menor traza un recorrido propio desde un episodio infantil de censura y descalificación de su vocación literaria hasta el reconocimiento de que tanto las estrategias que fue ideando para preservar esa elección como su modo de escribir entroncan en la lucha de tantas escritoras de distintas épocas.

      “Escribir es, ante todo, ser una desubicada. Hay que abrazar esa cualidad, hacerla propia, construir(se) en ella una poética”. Ser una desubicada en distintos sentidos: puede significar saltear pasos e instituciones, aprender sola, seguir otro camino; puede ser también dedicar tiempo y energías a algo inútil en el ámbito de una familia que solo valora el trabajo rentado, pero, sobre todo, apartarse del mundo, excluirse, para poder dedicarse a esa práctica secreta.

      La frase que da título al libro es de Ricardo Piglia, quien, a propósito de Leopoldo Marechal y su ambición de escribir una obra maestra, señala: “La obligación de ser genial es la respuesta al lugar inferior, a la posición desplazada”. Betina González recuerda que son las escritoras quienes históricamente se encontraron en un lugar desplazado y tuvieron la obligación de ser geniales para ser reconocidas.

      Si bien la meta de genialidad puede resultar autodestructiva, González reivindica el derecho a la ambición en una escritora, el anhelo de ser genial en el sentido de construir un sistema propio, libre; una toma de posición, al margen del sistema de honores y privilegios del campo literario: “Hacer de su exclusión su estrategia, su fiesta, su astucia”.

      Aunque la mirada de género atraviesa este libro –la autora elude el genérico y elige el femenino en muchos casos– este no es su tema excluyente. La obligación de ser genial reúne ensayos sobre el oficio de escribir, textos que nos llevan a la trastienda y exhiben la caja de herramientas de una escritora contemporánea. En muchos casos, se pone en juego una destreza lectora peculiar, la de quien lee para escribir, que desmenuza los textos para extraer de ellos conclusiones personales sobre temas muy puntuales de la escritura de una novela. Es el caso del capítulo acerca de los comienzos de los textos –donde analiza los primeros párrafos de novelas de García Márquez, Lispector, Onetti, etc.-, y de otro sobre sus finales.

      En los siguientes aborda materias como el ritmo de la escritura, el papel de la emoción, el vértigo de la invención, en las que la reflexión se nutre de la experiencia de los talleres que coordina, del trabajo con sus propias novelas, de la reflexión crítica de otras autoras. Sus conclusiones están ligadas a la tarea, a las dificultades que plantea un texto en construcción, descubrimientos de los que hace partícipes a sus lectores como si les permitiera espiar sobre su hombro mientras las palabras se van ordenando sobre la página.

      Brilla especialmente en esos ensayos que bordean la crónica, donde podemos sentir el frío de Pittsburgh, la extranjería, la sensación de estar perdida entre lenguas, el intento de experimentación con la lengua del imperio, para recalar en la propia pero desde afuera, como si fuese ajena, “estar en la propia casa como extranjera”. Las lenguas, los territorios, las tradiciones, ¿a quiénes pertenecen en este presente en permanente éxodo?

      La forma en que Betina González entreteje su experiencia con las voces de la filosofía o la teoría arma una trama en la que esa experiencia personal cobra relieve, ilumina las escrituras contemporáneas desde ese lugar periférico asumido, descentrado y desposeído para hacer de esa condición su fortaleza y su libertad.

      La obligación de ser genial, Betina González. Gog y Magog, 254 págs.


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      Alejandra Rodriguez Ballester

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