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      Caminar: iluminaciones al borde del camino

      Peregrinos. Con aliento religioso, político o filosófico, ciudadanos de todas partes se echan a andar. Quienes acuden a la Meca y Luján hablan de este impulso.

      Caminar: iluminaciones al borde del caminoCLAIMA20151005_0242 Arabia Saudita. El 24 de septiembre de 2015, una estampida durante la “Lapidación del diablo” produjo 700 muertos y más de 800 heridos.

      Desde la Edad Media, las peregrinaciones cristianas son una forma de conexión espiritual y personal con lo sagrado. A pesar del paso del tiempo, no pierden actualidad. Muchas, como el Camino de Santiago, son más numerosas que nunca, aunque probablemente haya bajado el fervor religioso y subido el de espiritualidad. “Peregrinar es un trabajo o, más bien, una labor en un trueque espiritual en la que el esfuerzo y la privación terminan siendo recompensados”, escribe la estadounidense Rebecca Solnit en su libro Wanderlust. Una historia del caminar , traducido al español este año por la editorial madrileña Capitán Swing.

      Poner un pie delante del otro puede encender motores espirituales, religiosos, políticos, entre muchos otros.

      Caminhar é preciso fue mucho más que el título del documental de Lucas Vega que retrató la larga marcha del movimiento de los Sin Tierra en Brasil que atravesó todo el país en 1997. Un lema para una manifestación en movimiento perpetuo que no sólo evidenció los problemas del reparto de parcelas sino que también alertó sobre las enormes desigualdades que persistían entonces. En 1965, Martin Luther King lideró una gigantesca marcha de Selma a Mongomery en EE.UU. para reclamar por los derechos del voto para todos. Fueron reprimidos pero fue el comienzo de la construcción de la igualdad.

      Los musulmanes tienen la obligación de peregrinar a La Meca por lo menos una vez en la vida: es uno de los cinco pilares del islam. No los amedrentan las avalanchas de gente, como la reciente en la que murieron más de setecientas personas. Cada dos o tres años se repite la tragedia y hay muertos y, sin embargo, aumentan los peregrinos y el tamaño de la ciudad sagrada. Cuesta pagar el viaje a Arabia Saudita, quizás los ahorros de toda una vida de trabajo, pero los que lo logran reciben el título de hajj . Un honor. El peregrinaje a La Meca trae millones de dólares al país del rey Salmán bin Adbulaziz, fuertemente criticado por Irán después de la estampida de Mina en la que murieron 717 personas. De ellos, 141 eran iraníes.

      Los budistas tibetanos recorren las ventosas estepas más altas del mundo hasta llegar al templo de Jokhang, en Lhasa, y los hindúes tratan de hacer el Kumbhamela, el peregrinaje más grande del mundo –participan ochenta millones de personas– que se realiza una vez cada doce años en ciudades santas de la India. Precisamente en ese país, la gigantesca ciudad de Nashik recibió en sus alrededores, en agosto y septiembre, a 30 millones de peregrinos, lo que equivale a diez veces su población. Los hospitales, casas, puestos de policía y baños fueron montados provisoriamente. Fue una logística excepcional para llevar agua y alimentos y garantizar la seguridad de los feligreses. Nashik es, en realidad, un fenómeno de urbanización acelerada, un laboratorio.

      Una letanía sostenida
      En una peregrinación se camina distinto que en una salida de trekking. Un paso viene después del otro y del otro y del otro, sí, pero hay una letanía en esa acción por repetición. En ambos casos existe una meta, pero la meta de la peregrinación viene con la esperanza de un beneficio intangible. Caminar tiene su cuota de sacrificio. Cuando crucé a Tim S., canadiense de Vancouver, le faltaban cuatro días para llegar a Santiago de Compostela. Recorría, desde hacía un mes, unos 25 kilómetros por día. Un día paró: las ampollas de los pies se le habían infectado y descansó una semana. Tim es bróker de finanzas e inversiones y se tomó seis meses porque estaba estresado. De cincuentipocos años, ateo, separado, con hijos grandes y piernas largas. Caminaba para meditar sus próximos pasos en la vida. Su camino fue difícil y lo transitó con dolor y sin rendirse. “Al ser a pie, la peregrinación, conecta también con la cuestión del cuidado del físico (vida sana, caminar) y también con la autosuperación (lograr metas que uno se propone), además de la solidaridad y la camaradería, valores tradicionales”, reflexiona Miranda Lida, investigadora del Conicet especializada en temas de historia argentina y del catolicismo.

      La reproducción de los caminantes
      En el caso de Luján –desde 2013 sin Bergoglio– que oficie el cierre pero con la bendición lejana del papa Francisco, se duplicó la cantidad de participantes –dos millones y medio, un récord–, y ya no sólo hay militantes de parroquias, sino familias y amigos que van por su cuenta. La peregrinación a Luján rejuveneció por la gran cantidad de jóvenes que aprovechan las redes y nuevas tecnologías –mapas, apps–, para la organización y planificación del acontecimiento. Escuchan música, sacan fotos, cantan y tienen actividades religiosas y sociales en el camino.

      Maxi Bunse, de veintidós años, es coordinador del grupo misionero de la Parroquia Nuestra Señor de la Guardia de Florida y por segundo año está armando un grupo para caminar de Moreno a Luján (unos 35 km) este domingo 4. Ya consiguieron varios “padrinos”, gente que no camina pero les prepara a los peregrinos un sándwich, una fruta, agua y, también, una carta para darles fuerza. En las peregrinaciones se da un goce de lo sagrado en tanto experiencia personal vívida y multitudinaria que la iglesia no controla.

      El paisaje religioso de este tiempo en la peregrinación a Luján está dominado por jóvenes de colegios católicos de barrios populares y con un perfil social de barrios periféricos y del Conurbano. En el camino, sin embargo, se cruzan con otros jóvenes de otras condiciones sociales y comparten el fervor de la fe, la emoción de creer en lo mismo. Y esos jóvenes lloran, se ríen, comparten un tiempo.

      “Creo que el catolicismo más tradicional siempre desconfió de las peregrinaciones porque son un espacio religioso más ‘descontracturado’. La autoridad religiosa no está tan cerca, al cura se lo escucha por altoparlantes, y nadie está obligado a confesarse; la gente socializa, canta, incluso nada impide que tomen cerveza, y esto claramente no es lo más “correcto”, además se pasa la noche a la intemperie, hombres y mujeres”, explica Lida. En ese punto, los peregrinos se acercan a la religiosidad popular y muchos comparten la devoción por la virgen de Luján con la del Gauchito Gil o la Difunta Correa, que también tienen sus peregrinaciones y santuarios en todo el país.

      Cuando lo crucé a Bernardo P. Caminaba hacía ochenta y ocho días. “Camino porque mi ex mujer no me deja ver a mi hija, y quiero que este esfuerzo sirva para que cambie de opinión: camino por la paz”. Eso dijo el brasileño cuando nos cruzamos en Melide, tres días antes de llegar a Santiago de Compostela. Venía caminando desde Roma. El Camino de Santiago es una ruta de peregrinación del siglo IX. Antiguamente, los tres destinos principales del mundo cristiano eran Jerusalén, Roma y Santiago de Compostela. Según la creencia ahí estaba la tumba del Apóstol. Se caminaba desde varias zonas de Europa y había hospitales y albergues para peregrinos. Incluso se escribió la primeras guías de viaje: el Codex Calixtinus, un pergamino manuscrito con consejos, advertencias, nombres, buenos y malos ríos, anécdotas, reflexiones y pueblos para visitar en la ruta. A propósito, en 2011, el Códice fue robado por Manuel Fernández Castiñeiras, el electricista de la Catedral, que hoy cumple una sentencia de diez de prisión.

      Las guerras europeas y las pestes provocaron que el Camino se abandonara durante mucho tiempo. Exactamente después del Año Santo Jacobeo de 1993, se puso en valor esa vieja ruta y en la actualidad es uno de los productos turísticos más exitosos de España. En 2014, 237.886 personas recorrieron el Camino de Santiago, otro récord histórico que según se cree será superado este año. El número se internacionaliza: hay peregrinos de ciento diez países. Después de la famosa trilogía de best sellers de la coreana Kim Hyo Sun, aumentaron los viajeros coreanos –budistas, la mayoría. Son tan fanáticos que ya hicieron un reality en el camino con participantes coreanos y están construyendo un Camino de Santiago en Corea para los que no pueden viajar a España. También, la novela El Peregrino , de Paulo Coelho, (1987), sigue atrayendo caminantes, igual que el filme The Way (E. Estévez, 2010), con Martin Sheen.

      En mis días de caminata no encontré tantos viajeros católicos, más bien personas en estado de búsqueda personal, sin distinción de religión. Caminaban para obtener perspectiva de sus vidas, para superar dificultades. Me recordó lo que dijo el cineasta Werner Herzog sobre crear una escuela de cine solo para directores que hayan caminado mil kilómetros. En 1974 Herzog caminó de Munich a París por la cineasta Lotte Eisner, que estaba muy enferma: “Tomé el camino recto a París con la firme creencia de que ella seguiría con vida si yo iba a pie”.

      En su libro Andar, una filosofía (Taurus, 2014), Frédéric Gros distingue la caminata en solitario de la caminata grupal. “Más de cuatro personas ya son una colonia, un ejército en marcha. Voces, silbidos, se va de uno a otro, se espera, se forman grupos que no tardan en convertirse en clanes. Cada uno alaba su material. En el momento de comer, incluso, cada cual quiere dar a probar a los demás, tiene sorpresas que enseñar, el almuerzo se convierte en una competición. Es un infierno. Ya nada es sencillo ni austero. […]”. Probablemente se pierde soledad, pero se gana en camaradería. Al caminar en grupo cobra fuerza la comunión.

      El Camino de Santiago es una ruta de peregrinación extensa para cristianos y no cristianos, sin embargo las peregrinaciones de esta época suelen ser cortas. Se viaja en otros transportes y sólo el final es a pie. Y multitudinario, se llega en romería y por devoción. Entre otros santuarios, Lourdes y el Mont Saint Michel, en Francia; Fátima, en Portugal; Asís, en Italia; Medjugorje, en Croacia; la virgen del Rocío en España, Guadalupe en México y Copacabana en Bolivia, los países católicos tienen sus santuarios religiosos. Luján es la más famosa de la Argentina, pero hay muchas otras peregrinaciones, como San Nicolás y tantas en el Norte. Recuerdo haberme cruzado, en Iruya, con campesinos que caminaban hacia Salta (289 km) para llegar a honrar al Señor de los Milagros en la Catedral, el 15 de septiembre. “Todos los lugares de peregrinación tienen lo siguiente en común: se cree que son lugares donde ocurrieron milagros, ocurren aún y quizá ocurran de nuevo”, destacó el antropólogo cultural escocés Víctor Turner sobre el peregrinaje cristiano.

      Milagros y tesoros
      Cuando las ampollas se asomaban, ya había llegado a Santiago de Compostela. Caminé 114 kilómetros, una pequeña porción del Camino de Santiago (763 kilómetros) en el que se atraviesa el campo gallego y se cruzan aldeas de piedra y bosques en los que es fácil imaginarse que viven duendes. Los seis días fueron suficientes para saber dos cosas: 1) cuanto más liviana es la carga, más radiante el camino; 2) en algún momento me gustaría caminarlo entero, no por religión sino como activista del caminar.

      “Hago mío lo que veo”, escribió Henry David Thoreau, gran caminante y autor de Walden, la vida en los bosques . Los paisajes, para él, se convierten en un tesoro íntimo. El desierto florido, el canto de los pájaros entre los eucaliptus, un lago patagónico: respiro los paisajes, los conquisto con la mirada. A diferencia de Thoreau, que salía de su casa sin saber hacia dónde dirigiría sus pasos, los peregrinos tienen un objetivo. Rebecca Solnit concluye: “Caminar hasta un destino es ganárselo, a través del trabajo y de la transformación que se produce durante el viaje. Paso a paso, con esfuerzo, las peregrinaciones permiten avanzar físicamente hacia esas metas espirituales intangibles de otro modo tan difíciles de asir. No sabemos nada sobre cómo alcanzar el perdón, la sanación o la verdad, pero sí sabemos cómo caminar de un lugar a otro, por más arduo que sea ese viaje.”


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      Carolina Reymúndez

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