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07.05.2012 | Tribuna

De tan conectados que estamos, ya no conversamos

La hiperconectividad cambia lo que hacemos y quiénes somos. Las claves para recuperar las relaciones humanas.

Sherry Turkle / Clarín ZONA / The New York Times
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Vivimos en un universo tecnológico en el que nos comunicamos constantemente. Pero hemos sacrificado la conversación por la mera conexión. En la casa, las familias están en el mismo espacio mandando mensajes de texto y leyendo e-mails. Los ejecutivos mandan mensajes durante reuniones de directorio. Mandamos mensajes (además de hacer compras y entrar a Facebook) durante clases y cuando salimos con alguien. Mis alumnos me hablan de una nueva habilidad importante que comprende mantener el contacto visual con alguien mientras se le manda un mensaje a otra persona. Es difícil, dicen, pero puede hacerse.

En los últimos quince años he estudiado las tecnologías de conexión vía celular y hablado con centenares de personas de todas las edades y circunstancias sobre su vida conectada. Descubrí que los pequeños aparatos que la mayor parte de nosotros tiene son tan poderosos que no solo cambian lo que hacemos, sino quiénes somos.

Nos hemos habituado a una nueva forma de estar “solos juntos”. Tenemos la capacidad tecnológica de estar con alguien y también en otra parte, de conectarnos con cualquier lugar que elijamos. Queremos entrar y salir de donde estamos porque lo que más valoramos es controlar nuestra atención. Nos habituamos a la idea de estar en una tribu unipersonal, que siempre está de nuestro lado.

Nuestros colegas quieren asistir a una reunión de directorio pero sólo prestar atención a lo que les interesa. A algunos eso les parece una buena idea, pero podemos terminar por ocultarnos de los demás a pesar de que estamos en constante contacto con todos.

Un empresario se lamenta de que ya no tiene colegas en el trabajo. Ya no se para a hablar. No llama. Dice que no quiere interrumpirlos, que están “demasiado ocupados con el e-mail”. Pero luego hace una pausa y se corrige: “No estoy diciendo la verdad. Soy yo el que no quiere que lo interrumpan. Debería, pero prefiero hacer cosas en mi BlackBerry”. Un chico de dieciséis años que depende de los mensajes de texto para prácticamente todo, dice casi con melancolía: “Algún día, algún día, pero no ahora, me gustaría aprender a mantener una conversación.” En los empleos actuales, los jóvenes que crecieron con miedo a la conversación llegan a trabajar con auriculares. Al recorrer una biblioteca universitaria o la sede de un emprendimiento tecnológico, se ve lo mismo: estamos juntos, pero cada uno de nosotros se encuentra en su propia burbuja, conectado con pasión a teclados y pequeñas pantallas táctiles.

En ese silencio de la conexión, la gente se reconforta en el contacto con muchas personas, a las que se mantiene estrictamente a raya. Es imposible que nos cansemos de los demás si podemos usar la tecnología para mantenerlos a una distancia que podemos controlar: ni demasiado cerca ni demasiado lejos; lo justo.

Las relaciones humanas son ricas, complejas y exigentes. Hemos incorporado el hábito de lavarlas con tecnología. El paso de la conversación a la conexión forma parte de eso. Pero es un proceso en el que nos engañamos. Peor aún, da la impresión de que con el tiempo deja de importarnos. Nos olvidamos de que existe una diferencia.

Nos tienta pensar que nuestros pequeños “sorbos” de conexión online equivalen a un gran trago de conversación real. Pero no es así. Tanto el e-mail como Twitter y Facebook tienen su lugar, ya sea en política, comercio, romance y amistad. Pero no importa lo valiosos que puedan ser, no sustituyen la conversación.

Conectarse de a sorbos puede funcionar para reunir algo de información o para decir “Pienso en ti” o hasta “Te quiero”. Pero no sirve a la hora de entendernos y conocernos. En la conversación nos acercamos. Podemos percibir tonos y matices. En la conversación vemos las cosas desde el punto de vista de otro.

La conversación presencial se desarrolla con lentitud. Nos enseña paciencia. Soy una entusiasta de la conversación. Considero que hay algunos primeros pasos que podemos dar para propiciarla.

Podemos crear en la casa espacios sagrados: la cocina, el comedor. Podemos declarar el auto “zona libre de aparatos”.

Podemos mostrar el valor de la conversación a nuestros hijos. También podemos hacerlo en el trabajo, donde estamos tan ocupados comunicando que con frecuencia no tenemos tiempo para conversar sobre las cosas que en verdad importan. Debemos levantar la vista, mirarnos unos a otros e iniciar la conversación.


Por Sherry Turkle psicóloga y profesora del MIT, Estados Unidos.

Copyright The New York Times, 2012. Traducción de Joaquín Ibarburu.



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