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01.06.2011 | Sin celular

Un mundo maravilloso en el que no suenan los ringtones

Desde hace algunos años, ese aparatito te acompaña a todas partes. Su presencia es, muchas veces, implícita: quizás no suena en todo el día o no recibís ningún mensaje relevante, pero eso sí: si te lo olvidás en casa, estás todo el día pensando en cuánto te estarás perdiendo. ¿Realmente te perdés mucho? ¿Qué pasaría si viviéramos sin celular?

Alberto Amato | Clarín
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Supongamos que sí. Que se comprueba que los celulares favorecen el embrión de ese monstruo indescriptible que es un tumor cerebral. Difícil: los glioblastomas nos han diezmado mucho antes de que pensáramos en un Blackberry. Pero supongamos que sí. Y que por nuestra salud y sensatez, y la de la especie humana, los celulares pasan al olvido. ¿Cómo pasaría a ser nuestra vida? En principio, mucho más bonita. Imaginen: el tipo está en la góndola del súper, habla ansioso con su mujer que espera en casa. La duda del fulano es angustiante, existencial: “¿Sopa crema de pollo o caldito de arvejas con trocitos de pan?”. Sin celulares no escucharíamos esas estupideces, ni tantas otras.

Calles, cines, teatros, aviones, velorios, conferencias, conciertos, autobuses, debates parlamentarios, reuniones sesudas, instantes decisivos y decisorios y hasta diálogos de amor, seguirían su curso sin ser interrumpidos por un ringtone que grita una cumbia villera, una épica tarantela de Nicola Paone o el último hit heavy metal. Escribiríamos más cartas de amor. Nos diríamos las cosas frente a frente, mirándonos a los ojos y no a la distancia, con el aleteo crepitante de la estática taladrándonos los tímpanos y el alma. Tendríamos un poco más de alma. Descartaríamos para siempre ese estado de imbecilidad inquebrantable en la que entra un sujeto al enviar, o leer, un mensajito de texto. La vida tendría más de ciento cuarenta caracteres.

Por supuesto, nacería un movimiento de resistencia a la anulación de los celulares, integrado por miles de bobos que no creen en las verdades certeras que pronostican el fin del mundo, y que serían mirados como son vistos hoy los fumadores: como seres indignos de habitar este planeta que respira salud y fabrica armas nucleares.

Pero el resto de los humanos, sin celular, alcanzaríamos esa entelequia que damos en llamar felicidad, sin parecer maniáticos desastrados que hablan solos por la calle. Silbaríamos más. Tendríamos, de verdad, las manos libres, para acariciar muchachas (o para acariciar, no importa la edad) templar un cello o palpar el rumor de marejada de las mañanas de invierno. Gozaríamos de más libertad, que siempre es mejor, sin temblar de sólo pensar, oh cruel condena de los dioses, que el celular puede sonar y no lo escuchamos. La recua de turiferarios inútiles que hacen gala del último modelo de aparato con conexión a Plutón, horno autolimpiante y jacuzzi, deberían dejar de lado su verborrea de mercachifles para intentar comprender que nadie tiene tanto que decirle a tantas gentes tantas veces al día. Y que hablar con el prójimo no implica hacerlo por teléfono.

Sería un mundo capaz de pensar en el progreso sin estar atado a él.

Esta idea merece cierto desarrollo, pero debo dejarlos: me está sonando el celular.

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