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11.05.2013 | Psicología

Ataque de pánico: cómo identificarlo y qué hacer

Los casos se repiten. Irrumpen sin un estímulo determinado e identificable y, de a poco, comienzan a limitar el desarrollo de las actividades diarios. Los síntomas que hablan del problema y las posibilidades de un tratamiento que devuelva el bienestar.

Lic. Alicia López Blanco
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De pronto, sin que nada anticipara lo que iba a ocurrir, María empezó a sentir que su corazón palpitaba a una velocidad inusual. Sudaba, le faltaba el aire y una opresión en el pecho le hizo presagiar la muerte. Mientras la invadía una sensación de irrealidad, el entorno comenzó a desdibujarse ante sus ojos.

Los seres humanos experimentamos en todo momento emociones de diverso tipo e intensidad. Todas ellas tienen un correlato fisiológico y una idea que las sustenta. El pánico es un grado extremo del miedo, una emoción básica que le ha servido a la especie para sobrevivir, pues tiene la función de advertirnos cuando nos acecha algún peligro. Gracias al miedo podemos evaluar nuestra capacidad de afrontamiento ante los eventos que percibimos como difíciles y poner en acto estrategias para hacerles frente.

En algunas oportunidades, cuando nos vemos superadas por la magnitud de la amenaza, o cuando esta nos resulta inconcebible o impensable, nuestros mecanismos de defensa hacen que lo desplacemos. Nuestro inconsciente es capaz de realizar este tipo de estrategias con el fin de preservar la estructura del yo. En esos casos, la emoción conserva la reacción corporal pero queda desligada de la cognición que le da sustento.

En las fobias, el miedo se liga a un objeto que por alguna razón representa a lo temido pero hay casos en los que esta emoción parece boyar sin sentido como sucede en los llamados 'Ataques de pánico', que irrumpen sin un estímulo determinado e identificable.

Nadie está exento de padecer en alguna circunstancia aislada este tipo de eventos, pero si su ocurrencia se torna frecuente y afecta de manera significativa nuestras vidas ya se transforma en un 'Trastorno de pánico', al que el Manual DSM-IV de Criterios Diagnósticos define como la aparición temporal y aislada de miedo, o malestar intensos, acompañada de cuatro (o más) de los siguientes síntomas, que se inician bruscamente y alcanzan su máxima expresión en los primeros diez minutos:

1. Palpitaciones, sacudidas del corazón o elevación de la frecuencia cardiaca.

2. Sudación.

3. Temblores o sacudidas.

4. Sensación de ahogo o falta de aliento.

5. Sensación de atragantarse.

6. Opresión o malestar torácico.

7. Náuseas o molestias abdominales.

8. Inestabilidad, mareo o desmayo.

9. Sensación de irrealidad o despersonalización (de estar separado de uno mismo).

10. Miedo a perder el control o volverse loco.

11. Miedo a morir.

12. Parestesias (sensación de entumecimiento u hormigueo).

13. Escalofríos o sofocaciones.

Los episodios de pánico suelen durar entre diez minutos y media hora. La probabilidad de que se repita genera temor, y eso deriva en una importante limitación en el desarrollo de las actividades diarias. Los temores de muchas personas que lo padecen giran alrededor de tres ejes: salir de la casa, quedarse solos, o encontrarse lejos del hogar en situaciones en las que puedan llegar a sentirse atrapados, molestos o indefensos.

Detrás de los distintos temores, y sus diferentes grados, puede esconderse un sentimiento de falta de confianza en las propias capacidades para afrontar aquello que se evalúa como amenazante. Tal vez se trate de un peligro que realmente nos supere pero, en muchas oportunidades, la sensación está sostenida por falta de confianza personal. Ésta puede estar basada en experiencias anteriores desfavorables; una falta de desarrollo de la capacidad de afrontamiento, o no haber tenido la oportunidad de entrenarla.

Ante los trastornos de pánico, lo mismo que con las fobias, es conveniente pedir ayuda especializada, pues esas problemáticas pueden resolverse de mejor manera en el ámbito de un tratamiento psicoterapéutico. El trabajo personal consiste en hacer consciente aquello a lo que en realidad tememos y ligar la emoción con la idea que la sustenta.

Hay un dicho popular que dice que 'el miedo no es zonzo' y alude al enorme valor de esta emoción en la prevención de cualquier riesgo. Es evidente que, en su justa medida, una cuota de inquietud visceral nos ayuda a estar alertas y a cuidarnos. Podemos pensar al miedo como un amigo que camina a nuestro lado mostrándonos los peligros. Si lo ponemos delante nos trabará el paso, si le permitimos estar detrás, acechará a nuestras espaldas provocándonos pánico. Lo mejor es tenerlo siempre a la vista, pues no hay duda de que los fantasmas desaparecen cuando se enciende la luz.


Lic. Alicia López Blanco, psicóloga clínica.




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