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25.05.2012 | Las aventuras de Caty Kharma

Locro psicoanalítico

Una cita semanal con el personaje creado por la escritora Patricia Suárez para Clarín Mujer. Para identificarse, sonreír y reflexionar.

Patricia Suárez / Clarín MUJER
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Caty concurría al consultorio de la Dra. Esdrújula los viernes. Era un día que le gustaba, porque ella hacía el balance de la semana y se preparaba para el fin de semana, muchas veces atravesado por tormentosas visitas a su madre y a Coco, a su hermana o a Quinallata. A su padre ya no lo veía, porque había decidido volverse al interior de la Argentina -ahora había optado por el sur patagónico y andaba recolectando manzanas en Conesa- y dejó a Quinallata al cuidado de Lily y de los profesores de MENSA Buenos Aires, una institución para niños superdotados. Quinallata era un niño muy dulce, pero se aburría con facilidad con Caty y sus temas de conversación eran el teorema de Pitágoras o la vida de Pitágoras o la teoría pitagórica de la transmigración de las almas. Y cuando no era Pitágoras era Euclides o Arquímedes y Caty no podía decir ni mu porque del único griego que en verdad tenía noticias era del millonario Onassis, hoy ya recontra difunto.
Las sesiones con la terapeuta eran los viernes, lloviera o tronara. Contra viento o marea aun si eran feriados, días festivos, duelo nacional o terremoto que se avecine, los viernes era el champú cerebral. Y las sesiones no se cambiaban de día bajo ningún concepto; en eso la Dra Esdrújula tenía la inflexibilidad del acero. Extrañanamente, cuando Caty entró en el vestíbulo del coqueto pisito de la doctora, la embargó un olor a fritanga muy impropio del sitio. La Dra Esdrújula la recibió acalorada, con la cara roja orlada por gotitas de sudor. Caty supuso que la doctora tal vez había estado haciendo footing bien temprano ese día, aprovechando el feriado. Tomó asiento en su sillita de bambú y comenzó a despacharse contra su soledad. Que se sentía sola, que no era feliz, que no imaginaba que este podría ser su futuro, que ella quería un enamorado, luego un esposo y por fin tres o cuatro hijos. A cada queja, la psicoanalista, haciendo gala de su lacanismo emitía onomatopeyas. La mayoría consistían en “mmm” o “ajá”. No había terminado Caty de pronunciar la palabra “hijos” de su lista de faltas, cuando un inconfundible sonido de fritura llegó al consultorio. La doctora dijo:
-La tripa gorda.
-¿Qué?
-Continúe, por favor.
Caty se quejó entonces de que no sabía cómo acercarse a un hombre. Que siempre terminaba portándose torpemente y los hombres que se enternecían por su torpeza y fragilidad despuès la trataban como a una subnormal. Y claro a ella no le gustaba que la subestimaran o…
-Un momento, por favor -interrumpió la doctora y salió del consultorio. Volvió a los pocos minutos. -Disculpe, Catalina -dijo al regresar- siga con la jeremiada, adelante.
-¿Con quién?
-Usted sabe.
-Estoy un poco confundida, doctora…
-Yo sí sé hacer locro. Lo hago desde que mi primer marido me secuestró para que conociera a su familia en Pinto, Santiago del Estero. Con patitas de cerdo.
-¿Cerdo?
-Era un hombre muy neurótico. Tenía siete hermanos, todos muertos de hambre. Carneaban un chancho por semana. Un chancho grande, no un lechoncito: una actividad propiamente totémica. Mucha angustia oral en esa familia. Un sadismo, que ni le cuento. Usted me habla de un psicótico disfrazado de conejo; porque usted nunca vio al objeto de deseo correr atrás de un animal y clavarle un cuchillazo en medio de chillidos alarmantes. Yo siempre se lo decía: “Cambiá de analista, Eleuterio. La Gestalt no te está dando resultado”. Le cocinaba locro día por medio. Maíz, ajo, poroto, grasa de vaca…
-Yo no sé si podría estar con…
-Hice terapia de shock. Lo superé.
Caty se mordió los labios. La doctora Esdrújula le ofreció su versión de una cálida sonrisa que era como la de Sarmiento en el busto de bronce.
-Mondongo. Me falta agregarle. Un segundo…
La doctora salió y tardó sus buenos diez minutos. Caty se preguntó si no debería cambiar de analista. Con su anterior analista tampoco le había ido muy bien. Fue un señor mayor, calvo, que se pintaba de color bordó los poquitos pelos que le crecían en la cabeza y en las orejas. Al comienzo, la miraba embelesado (era la época que Caty usaba minifalda) y le decía: “Perversa, perversita”; después, simplemente se quedaba dormido en medio de las sesiones. Era como tener un marido veinte años casado con una. Caty abandonó ese tratamiento. Ahora, mientras se debatía entre huir del consultorio de la doctora o esperarla, ella entró con una rodaja de pan humeante pinchada en un tenedor.
-Pruébelo, Catalina. ¿Está rico? Sea honesta, por favor…
El locro de la Dra Esdrújula era delicioso.

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