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28.10.2011 | Primera persona

“Así dejé de fumar”

Griselda Carreño, una psicóloga de 31 años, se liberó del cigarrillo después de una dura batalla. Crónica de una epopeya personal.

Georgina Dritsos / Clarín MUJER
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“Empecé a fumar a los 16 años. Cuando salíamos del colegio y estábamos en la calle con mis amigas. Una conducta de típica adolescente que experimenta lo prohibido. En mi casa nadie fumaba y el cigarrillo estaba recontra prohibido”, recuerda María Griselda Carreño, 31 años, psicopedagogía, profesora de chicos sordos, casada y mamá de Sofía, de casi dos años.

Al principio, Griselda se cuidaba de que sus padres no se enteraran. “Primero lo oculté y después, cuando lo blanqueé, por supuesto, no me permitían fumar en casa. Finalmente solo me dejaron hacerlo en mi cuarto. Y siempre me decían: ‘¡Dejá eso, dejá de fumar!’. Yo, ni los escuchaba”. Fumaba entre 5 y 10 cigarrillos por día. Sin embargo, a veces se excedía: “Por ahí salía un sábado y llegaba al atado entero. Al comienzo no sentía ninguna clase de dependencia. Fumaba cuando salía con mis amigas y no era una necesidad, una urgencia. Pero a los 17, a los 18 años empecé a comprar cigarrillos y a fumar todos los días. Se había convertido en una adicción”. Griselda consumía unos 15 cigarrillos por día aunque seguía haciendo deporte: salía a correr o hacía natación. Hasta que notó que su rendimiento ya no era el mismo. Además, comenzó a sentir la contradicción entre una cosa y la otra, entre el cigarrillo y la vida sana. “En aquel momento estaba resignada porque creía que sería imposible dejar y me armé un discurso defensivo y decía que no iba a dejar porque ‘no quería’. En realidad, era porque pensaba que no podía. A la mañana, terminaba de desayunar, ponía un pie en la calle, prendía un cigarrillo y lo iba fumando hasta la estación de tren. Tomaba el tren, bajaba en la estación de Once, y me fumaba otro hasta el trabajo. Como en la escuela no estaba permitido, salía para poder fumar. Cada momento que encontraba para fumar, lo aprovechaba. Era cierto: no me había convertido en una fumadora de dos paquetes por día, pero sí en una de 15. Ya era una adicta”.

 

Intentos fallidos

Pasado un tiempo, la razón primó por sobre las excusas, y Griselda hizo dos intentos por liberarse del cigarrillo. “A los 22 probé con un tratamiento con láser que no me funcionó. A los dos días estaba fumando otra vez. A los 27 intenté otra vez, por mi cuenta, sin ninguna ayuda profesional porque yo sola lo había decidido. Era una motivación interna, pero no me alcanzó y volví a fallar”.

Más adelante, las prioridades cambiaron y Griselda se encontró, ya casada, con el deseo de ser mamá, pero no fumadora. “Veía en la calle a una mamá llevando a su bebé en el cochecito con una mano y con la otra mano agarrando el pucho y no me gustaba. Me molestaba que mi hija o mi hijo me vieran fumando. Yo pensaba que era mejor quedar embarazada ya habiendo dejado. Hay muchas mujeres que esperan familia y tienen deseos de fumar. Yo no quería que me pasara eso”.

Sumado a su deseo de ser mamá, hubo un par de hechos que la convencieron de pedir ayuda para intentar abandonar el vicio… por tercera vez: “Primero, mi marido empezó a sacarme algunas pitadas y yo no quería que él también empezara a fumar. Segundo, mi mejor amiga, que fumaba como una chimenea, se puso las pilas y dejó. Ver que ella lo había conseguido, me animó a intentarlo de nuevo”.

 

El tratamiento

A su proyecto de liberarse del cigarrillo, se sumó la presencia de su suegro, nada menos que un médico especialista en tratamientos contra el tabaquismo. “Tener en la familia a un experto en el tema resultaba una presión extra. El me martillaba la cabeza para que abandonara”. Finalmente, Griselda charló con una amiga -también fumadora y con ganas de ser mamá- la idea de empezar el tratamiento con su suegro. En realidad, tenía el propósito de que lo hicieran juntas: “Le propuse tratar, y ver si podíamos darnos fuerzas entre las dos”. Así llegaron hasta el consultorio. Y comenzaron.

El tratamiento de Griselda duró dos meses en total. Se hizo distintos estudios para ver cómo estaba su organismo y luego, con el médico, fijaron la fecha -una especie de día D- en la que iba a dejar de fumar. Paralelamente, le dieron una serie de ejercicios conductuales, en los que el fumador empieza a tomar conciencia de por qué fuma, en qué momento del día lo hace y así empieza a bajar la cantidad de cigarrillos que consume. Además, ella, así como el resto de los pacientes, tomaba una dosis diaria de Vareneclina. También iban a una reunión grupal semanal, con los otros fumadores, bajo la supervisión de una coordinadora. Por las dudas, tenían el número del celular del médico en caso de una eventual crisis de abstinencia.

“Ante las ganas de fumar, nos aconsejaban tomar un vaso de agua, salir a caminar. Nos dieron un libro donde estaban detallados todos los ejercicios”.

 

Yo te banco

“La verdad es que dejar me costó muchísimo: lloré, lloré y lloré. Hacía todo lo indicado, iba a todas las reuniones, hablaba, pero no estaba segura de querer dejar”. El apoyo por parte del marido de Griselda fue decisivo: “El me bancó a muerte en mi crisis. Yo iba a correr y él, que no corría, empezó a acompañarme. Fue tan difícil como positivo. Fue un logro importante para mi autoestima. Yo sabía que no quería, con una nena de casi dos años, al cigarrillo en casa, como a un pariente indeseado”.

Griselda recuerda exactamente el día que dejó el cigarrillo: 25 de septiembre del 2007. Después del tratamiento, engordó unos ocho kilos que adelgazó al año siguiente. En 2009 quedó embarazada de Sofía. Y no volvió a fumar. Por estos días, además, se da el gusto de correr hasta 21 kilómetros, algo que antes no podía hacer. “El que fue adicto al cigarrillo, en realidad está dejando de fumar todos los días de su vida, porque después todo el tiempo aparece el fantasma de querer volver. Hay que tener la convicción de querer dejar. A veces me pasa que alguien prende un pucho y me dan ganas, siento el impulso. En esos momentos, lo que a mí me funciona es decirle a esa persona lo bueno que es dejar y de a poco me olvido de que yo también alguna vez fumé”.



Otra experiencia: “A mí me parecía imposible lograrlo”

Patricia es de Mataderos, tiene 52 años, está casada, trabaja en el área de ventas de una empresa y dejó de fumar hace poco más de dos meses. “Empecé a fumar a los 18 años en la facultad y solo lo hacía ahí. Era más una cuestión social. Pude dejar por un tiempo, pero volví a empezar. Y a eso de los treinta y pico, ya fumaba un atado por día. Con el tiempo, empecé a tener problemas de salud. El año pasado tuve dos bronquitis muy fuertes, y ya los médicos me venían diciendo que intentara dejar el cigarrillo porque tenía poca capacidad pulmonar. Pero una cosa es lo que te dicen los médicos y otra es lo que uno puede hacer. Además, en una tomografía me apareció un principio de enfisema. Me dijeron que no era alarmante pero… En síntesis, mi salud se estaba yendo a pique. El año pasado iba a empezar el tratamiento, pero tuve un problema en el intestino, entonces usé eso como excusa para no arrancar. Finalmente, este año, decidí tomar el toro por las astas, y comencé el tratamiento con el Dr. Fernando Müller”.

Durante la primera semana de tratamiento, Patricia empezó a tomar la medicación (vareniclina) pero siguió fumando, como le habían indicado. A la segunda semana, llegó la fecha que había fijado junto con el médico para abandonar y desde entonces no volvió a prender un cigarrillo. Hoy sigue con la medicación y asiste a los encuentros terapéuticos donde intercambia experiencias con otros pacientes. “Me parecía imposible dejar de fumar, pero apuntalada con el tratamiento, no me resultó difícil. Llegar a este punto, me puso muy contenta. Me dio una gran satisfacción y mejoró mucho mi autoestima. Estoy muy orgullosa de haberlo logrado”.


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