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05.03.2013 | Poner límites

Volver a los adultos que fijan pautas

La flexibilización de los límites en la escuela y en casa responde a las dificultades de padres y maestros para desempeñar su rol de garantes de las normas. El autor escribió esta columna para el suplemento Clarín Educación.

Lic. Gustavo F. Iaies / Suplemento Clarín Educación
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Manu y Tomás le pegaron a Lucas, un chico de tercero. "Porque somos de sexto no tenemos que dejar que nos cargue con que San Lorenzo perdió", dicen. Mariana, su maestra, les pide que reflexionen si está bien o mal lo que hicieron. Ellos reconocen que estuvieron mal, pero "ese pibe" también: "Si nos sancionás a nosotros lo tenés que sancionar también a él". Mariana deja la sanción en suspenso y opta por mandarles una nota a los padres.

En la sala de maestros comenta la situación, haciendo referencia a la dificultad de trabajar con los chicos en estos tiempos, en que no aceptan límites.

¿Qué es un límite? Es la frontera que separa lo que se puede o no se puede hacer en un determinado orden. Es la línea que divide "lo que está bien de lo que está mal", dentro del encuadre que regula las relaciones de una comunidad.

Todos transgredimos normas en nuestra vida. Los adultos nos ponían límites vinculados al alcohol, los horarios, el respeto a los mayores, las palabras que se podían o no usar. A veces las transgredíamos para experimentar, otras porque nos dejábamos llevar por otros, porque queríamos desafiar los límites que nos ponían. Pero sabíamos que nos estábamos "mandando una macana" y si nos "pescaban" tendríamos una sanción. Había normas, transgresión y sanciones por los incumplimientos, y eso nos permitió internalizar las pautas de un orden.

Nuestros padres y maestros a veces se enojaban, otras "se hacían" los enojados, pero siempre tomaban una medida que ratificaba que ese orden existía, que era previsible y así pudimos internalizarlo. Más allá de que alguna vez no lo respetáramos, sabíamos las consecuencias que eso podía traer.

Para transgredir los límites es necesario que los mismos existan y que haya adultos que sean garantes de su cumplimiento. Si las normas se pueden discutir eternamente, si los adultos "a veces las aplicamos y a veces no", si nos pasamos revisándolas o las levantamos cuando los chicos nos conmueven, no llegan a constituir un orden.

Y entonces el encuadre pasa a ser la discusión, la negociación y la relativización. La única manera de internalizar un orden es conviviendo con su regularidad, su validez más allá de las situaciones.

Nuestros chicos y jóvenes no transgreden las normas, simplemente no les prestan atención, sienten que no es tan distinto cumplirlas que no hacerlo. Saben que podrán negociarlas, conmovernos, enfrentar a su mamá con su maestra y que la sanción es una más de todas estas posibilidades.

¿Cuál es el mensaje que Mariana les transmitió a Manu, a Tomás, a sus compañeros y a los de Lucas? Les ha ratificado la idea de que las transgresiones se pueden discutir, que las sanciones no siempre se aplican y que ser un buen "discutidor" es una competencia estratégica para "zafar". Los más débiles, al mismo tiempo, recibieron el mensaje de que los adultos no siempre podrán cuidarlos.

Entonces, no es que los chicos estén transgrediendo, somos nosotros los que "nos corrimos" de nuestra responsabilidad: ser los garantes de la norma.

Venimos desde hace 30 años flexibilizando las normas: la ortografía, la caligrafía, los problemas en los que lo importante es el procedimiento y no el resultado, las "formas" que los chicos deben guardar en la relación con nosotros. Nos estamos "peleando" con el viejo orden y no logramos construir uno nuevo, que para los chicos sea claro, previsible. Esa flexibilización no es una demanda de los chicos, es una necesidad nuestra.

Nos está costando construir ese nuevo orden, que no sea el de nuestros maestros, pero que proteja la posibilidad de enseñar y aprender en un ámbito en el que podamos sentir placer de hacerlo.

Pegarle a un chico menor entre dos está mal, no requiere mayor reflexión. Los chicos necesitan que sea así para sentirse seguros en la escuela, para aprender a contener sus instintos y ser mejores personas. Necesitan que los adultos dejemos de transgredir los límites.

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