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      Betina González: revelaciones en cautiverio

      Novela de obsesiones y fascinaciones –incluso científicas– Olimpia de Betina González ofrece también una curiosa pintura social.

      Betina González: revelaciones en cautiverioLa autora de "Arte menor" y "Las poseídas#. Foto: EFE/Alberto Estévez

      “Porque quien salta al vacío no es ni un improvisado, ni un imprudente, ni un suicida. Es puro cálculo. Su unidad mínima es el segundo, es ahí que se juega su máxima concentración de diseño y escritura”, describe la voz narrativa de Olimpia, la última novela de Betina González, a propósito del singular ejercicio deportivo que realiza desde pequeña una de sus protagonistas.

      La descripción trasciende su referencia y promueve una definición precisa sobre el fundamento de la ficción como una práctica cuyo sentido del riesgo no obedece sino a una estricta organización de orden formal. La lógica íntima de la ficción, entendida sustancialmente como un trabajo de imaginación y artificio –una concepción que el proyecto literario de González sostiene desde el principio–, se constituye como una suerte de secreto trasfondo que opera en simultáneo al desarrollo de la novela.

      La historia central de Olimpia se circunscribe al derrotero impredecible que ocasiona una obsesión científica y sus consecuencias. Durante la década del treinta, en una casa junto a un río, un científico dedicado al estudio del comportamiento humano busca desmentir la teoría del innatismo y demostrar que el lenguaje, esa marca indisociable de la especie humana, no es más que una adquisición condicionada por el contexto.

      Dispuesto a todo, Mario Ulrich decide ejecutar al pie de la letra, sin desestimar ningún detalle, una idea inquietante: criar a una chimpancé junto a su hijo recién nacido como si fueran hermanos y así lograr que un animal pueda por primera vez hacer uso de la palabra.

      Dividida en tres partes, la narración introduce, a partir de una rigurosa operación de montaje, la perspectiva de los personajes involucrados –por voluntad o por circunstancia– en el experimento. De ese modo presenta sus ideas sobre el mundo, sus secretos y obsesiones, sus historias.

      La de Lucrecia Durante, quien después de conocer a Ulrich y quedar embarazada, mientras observa con detenimiento y cierta aprehensión los cambios que el embarazo produce sobre su cuerpo, renuncia a la exhibición de saltos ornamentales y se compromete por completo en la investigación de su marido.

      Una experiencia que desencadena en ella un descubrimiento crucial respecto de la forma de transitar su maternidad. La de Juan Averá, un extraño cazador de animales que consuela a sus presas con relatos maravillosos que les permita sobrellevar el cautiverio y su trágico destino “atado a lo humano”. El recuerdo maldito de una matanza ancestral lo persigue y planea furtivamente una venganza.

      A su vez, la historia de dos sirvientas que observan en silencio, dada su privilegiada posición de perspectiva, lo que sucede en la casa de los Ulrich. Una de ellas es Carmen, disciplinada lectora de novelas románticas y policiales, cuyo designio más importante se reduce a combatir como sea cualquier posibilidad de cambio que amenace con alterar el equilibrio y la armonía de su entorno. La otra es Esmeralda, una mujer misteriosa y reservada que defiende las ideas contrarias, las que impulsan justamente lo opuesto: una transformación del orden de todas las cosas.

      Marca reconocible del estilo de la autora, la novela afirma su contundencia en el trabajo con la alusión y la sugerencia: “Esmeralda hablaba poco pero lo que decía caía como una piedra en un lago, dejaba ondas a su alrededor”. Los pormenores de su historia permanecerán ligeramente insinuados por menciones discretas sobre huelgas obreras, golpes militares y leyendas anarquistas.

      Inesperado testigo de los acontecimientos, alrededor de la casa merodea también un perro, cuya percepción fue radicalmente alterada por un procedimiento de hemidecorticación: le han extirpado ni más ni menos que una parte del cerebro. Eso produce en el animal una nueva forma de estar en el mundo y, por eso mismo, una nueva forma de observarlo: como si fuera la primera vez. La narración se ocupará de él y, sobre todo, de las particularidades que asume una perspectiva –y, en consecuencia, una escritura– sostenida por el deslumbramiento.

      González (Bs As, 1972) es autora de las novelas Arte menor (Premio Clarín 2006), Las poseídas y América alucinada, del volumen de cuentos El amor es una catástrofe natural y del libro de ensayos La obligación de ser genial. En Olimpia, cada uno de los personajes establece algún tipo de articulación con las palabras y su elocuencia, con aquello que las palabras dicen o con aquello que las palabras hacen o conquistan, ya sea por la fascinación que despiertan o por la revelación que provocan acerca de una realidad atravesada por el terror científico y social. En la novela de Betina González, las historias proliferan y, a través de ellas, reluce irresistible la ficción y el conjunto de sus determinaciones.

      Olimpia, Betina González. Tusquets, 216 págs.


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      Diego de Angelis

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